martes, 19 de octubre de 2021

UN DÍA, OTRO DÍA

 

 

Una escalera caracol que conduce a un amanecer en Malgrat. Mientras me levanto, siento el aroma del café. Martín ya está en la cocina, preparando el desayuno. Tres pastillas rosadas. 

Un viento de primavera entra por la ventana abierta, sacude las cortinas y entrevera los papeles del escritorio, páginas y páginas repletas de letras desordenadas. El avance de los ácaros que habitan en el polvo doméstico, el nervio ciático que no me deja caminar, ni sentarme ni acostarme, las cosas que se escapan de los cajones y se desparraman por toda la casa, la puerta del lavadero que ni cierra ni abre. La lista de las compras, una cucharadita de bicarbonato de sodio en medio vaso de agua, el pago interminable de las facturas del mes.

Con el almuerzo, cinco pastillas blancas para pacientes con metástasis en progresión.

Después, una caminata por el parque, el sol de la tardecita en el balcón, la gata que se despereza, las campanadas de las siete, un tazón de chocolate y un pedazo de pastafrola. El informativo de la noche en pantuflas, las hileras de autos que se desplazan por el bulevar llevando a la gente de regreso a casa, una ronda de mensajes entre viejos amigos, cuatro pastillas rosadas. Una ducha caliente, crema hidratante en las mejillas, un camisón abrigado, los lentes para ver de cerca y una novela.


 

                                                      CONDÓMINOS

                                                                        

            La economía de trueque que practicamos entre vecinos y que origina interminables negociaciones - ¿cómo medir la equivalencia entre alimentar al gato de alguien que está internado, pedir un lugar prestado en el garage o regar las plantitas de los que se van de vacaciones? ¿Estas transacciones implican una relación de amistad o sólo de mutua conveniencia? ¿Es mejor darle una propina al portero que deberle un favor a la bruja del 504, o sea a mí? - debería ser objeto de un tratado. Ya que dedicamos horas de asamblea a planificar la redecoración del vestíbulo para que resulte compatible con los preceptos del Feng Shui, y nos tomamos meses para decidir si destinamos el fondo de reserva a maquillar las paredes o a reparar los cimientos afectados por la humedad, bien podríamos disponer de un manual que nos indique cómo lidiar con los problemas cotidianos : los ruidos misteriosos que salen de un apartamento vacío, las baldosas flojas que se desprenden de los balcones y podrían lastimar a un peatón, el seguro necesario para que la demanda de dicho peatón no nos afecte demasiado. Qué hacer con los ascensores que funcionan cuando quieren o con la señora que todos los meses propone bajar el presupuesto del edificio a la mitad. Y cómo manejar la divergencia de opiniones en lo que respecta al brillo de los picaportes, la transparencia de los vidrios o la renovación urgente de los felpudos.


                       ÉRASE UNA BIBLIOTECA

 

Martes, día de pasar el plumero por las tablas de nogal que ocupan las paredes del estudio. Hacia la izquierda se amontonan algunos libros que compré siguiendo tendencias del momento y de los que pienso desprenderme cuanto antes. Anécdotas bien redactadas, autores que ofrecen respuestas para todo, novelas que transcurren sin caer en concesiones al buen gusto. Están separados del resto por una lupa, dos engrampadoras -una chica y otra grande-, una calculadora sin pilas y un reloj de arena.

Suena el teléfono y tengo que interrumpir la limpieza para atender a una chica muy amable que trata de venderme un seguro contra todas las calamidades posibles. Terremotos, inundaciones, asonadas, disturbios públicos, sequías e incendios. Después de una breve conversación vuelvo a los estoicos, que se agrupan mayormente en los estantes de Martín. Hacia la derecha, junto a una tetera que no debería estar aquí, siguen los amores de papel, unas novelitas que hoy me parecen más tiernas que cursis, con ambientes góticos y personajes que se entreveran con sus lectores. Más arriba, una gramática de griego antiguo con la letra de alguien que quise en los márgenes. Entre sus páginas, el invierno en los salones helados de la Facultad, un sótano que daba a la calle Arazatí, partidos de truco con sabor a grapamiel, una lista de palabras prohibidas y volantes que decían libertad. Sigue una hilera de títulos vinculados a un proyecto de tesis que nunca empecé. Lapiceras, marcadores de distintos colores, un rollo de cinta adhesiva, un candado, otro candado. En el estante más alto, con polvo y olor a naftalina, varias cajas de zapatos sin zapatos repletas de papeles muy importantes.


 

miércoles, 7 de julio de 2021

Una ligera nostalgia

           La cicatriz bordada en mi piel, una trenza de hilo nacarado en el cuadrante superior derecho, células que un buen día se desconectan del resto y comienzan a multiplicarse sin ton ni son. La muerte lenta del cáncer o la muerte más lenta de los tratamientos contra el cáncer o la muerte aún más lenta que traen los años. Un tiempo flotante, espectros que van y vienen, el recuerdo apacible de tardes que tal vez no sucedieron. Imágenes aisladas que se van deshilachando. Los ravioles caseros de la tía Hortensia, la mermelada de arándanos de la abuela Irma, las berenjenas a la parmesana de los jueves de invierno. El taco de mis sandalias contra el piso de porcelanato brillante, los espacios en blanco de una agenda, encuentros y desencuentros que se rigen por el factor incertidumbre, copas con restos de vino blanco y burbujas en el aire. La cotización del dólar interbancario, una silla ergonómica tapizada de azul y un escritorio propio. Una ráfaga de viento que me da vuelta el paraguas -un paraguas chino que compré a un precio irrisorio en un puesto callejero- y me deja desamparada bajo la lluvia torrencial en una esquina de la Ciudad Vieja, la señora Pérez quejándose de la humedad y de la ingratitud de los hijos mientras plancha el vestido que voy a usar esa noche, una sala de conferencias, las múltiples caras de la misma moneda, un incierto signo de interrogación. Años y años a contraluz. Pasos en el corredor, un reloj que marca las tres menos cuarto, el catéter en el dorso de mi mano izquierda, una ligera nostalgia y rústico el olor del eucaliptus…