Una escalera caracol que conduce a un amanecer en Malgrat. Mientras me levanto, siento el aroma del café. Martín ya está en la cocina, preparando el desayuno. Tres pastillas rosadas.
Un viento de primavera entra por la ventana abierta, sacude las cortinas y entrevera los papeles del escritorio, páginas y páginas repletas de letras desordenadas. El avance de los ácaros que habitan en el polvo doméstico, el nervio ciático que no me deja caminar, ni sentarme ni acostarme, las cosas que se escapan de los cajones y se desparraman por toda la casa, la puerta del lavadero que ni cierra ni abre. La lista de las compras, una cucharadita de bicarbonato de sodio en medio vaso de agua, el pago interminable de las facturas del mes.
Con el almuerzo, cinco pastillas blancas para pacientes con metástasis en progresión.
Después, una caminata por el parque, el sol de la tardecita en el balcón, la gata que se despereza, las campanadas de las siete, un tazón de chocolate y un pedazo de pastafrola. El informativo de la noche en pantuflas, las hileras de autos que se desplazan por el bulevar llevando a la gente de regreso a casa, una ronda de mensajes entre viejos amigos, cuatro pastillas rosadas. Una ducha caliente, crema hidratante en las mejillas, un camisón abrigado, los lentes para ver de cerca y una novela.
CONDÓMINOS
La economía de trueque que
practicamos entre vecinos y que origina interminables negociaciones - ¿cómo
medir la equivalencia entre alimentar al gato de alguien que está internado,
pedir un lugar prestado en el garage o regar las plantitas de los que se van de
vacaciones? ¿Estas transacciones implican una relación de amistad o sólo de
mutua conveniencia? ¿Es mejor darle una propina al portero que deberle un favor
a la bruja del 504, o sea a mí? - debería ser objeto de un tratado. Ya que
dedicamos horas de asamblea a planificar la redecoración del vestíbulo para que
resulte compatible con los preceptos del Feng Shui, y nos tomamos meses para
decidir si destinamos el fondo de reserva a maquillar las paredes o a reparar
los cimientos afectados por la humedad, bien podríamos disponer de un manual
que nos indique cómo lidiar con los problemas cotidianos : los ruidos
misteriosos que salen de un apartamento vacío, las baldosas flojas que se
desprenden de los balcones y podrían lastimar a un peatón, el seguro necesario
para que la demanda de dicho peatón no nos afecte demasiado. Qué hacer con los
ascensores que funcionan cuando quieren o con la señora que todos los meses
propone bajar el presupuesto del edificio a la mitad. Y cómo manejar la
divergencia de opiniones en lo que respecta al brillo de los picaportes, la
transparencia de los vidrios o la renovación urgente de los felpudos.
ÉRASE UNA BIBLIOTECA
Martes, día de pasar el plumero por las tablas de nogal
que ocupan las paredes del estudio. Hacia la izquierda se amontonan algunos
libros que compré siguiendo tendencias del momento y de los que pienso
desprenderme cuanto antes. Anécdotas bien redactadas, autores que ofrecen
respuestas para todo, novelas que transcurren sin caer en concesiones al buen
gusto. Están separados del resto por una lupa, dos engrampadoras -una chica y
otra grande-, una calculadora sin pilas y un reloj de arena.
Suena el teléfono y tengo que interrumpir la limpieza
para atender a una chica muy amable que trata de venderme un seguro contra
todas las calamidades posibles. Terremotos, inundaciones, asonadas, disturbios
públicos, sequías e incendios. Después de una breve conversación vuelvo a los
estoicos, que se agrupan mayormente en los estantes de Martín. Hacia la
derecha, junto a una tetera que no debería estar aquí, siguen los amores de
papel, unas novelitas que hoy me parecen más tiernas que cursis, con ambientes
góticos y personajes que se entreveran con sus lectores. Más arriba, una
gramática de griego antiguo con la letra de alguien que quise en los márgenes.
Entre sus páginas, el invierno en los salones helados de la Facultad, un sótano
que daba a la calle Arazatí, partidos de truco con sabor a grapamiel, una lista
de palabras prohibidas y volantes que decían libertad. Sigue una hilera de
títulos vinculados a un proyecto de tesis que nunca empecé. Lapiceras,
marcadores de distintos colores, un rollo de cinta adhesiva, un candado, otro
candado. En el estante más alto, con polvo y olor a naftalina, varias cajas de
zapatos sin zapatos repletas de papeles muy importantes.