domingo, 5 de octubre de 2014

Llovía

Y entonces cruzaste. Yo te miraba desde la ventana del boliche, tenía una clase a las once y estaba repasando la tercera declinación. A veces, Heller llegaba tarde y eso nos daba tiempo para tomarnos juntos un café. A veces no. Aquella mañana de agosto hacía frío y te habías puesto una bufanda gris, de lana. Estabas enamorado, pero no de mí. Te gustaba Laura, a mí aún no me conocías. Ni me conocerías nunca. Yo también me llamo Laura, pero ése no es mi nombre. Mi nombre es otro. Tal vez Laura. O Laura. No lo sé con certeza.
Cuando Laura murió, Laura también murió. Yo me quedé, sola, recordando aquella mañana de agosto cuando tú, que estabas enamorado, de Laura, te habías puesto una bufanda azul. Y yo te miraba desde la ventana del boliche, repasando los adverbios. Tú cruzaste Tristán Narvaja y yo te miré. O yo crucé Tristán Narvaja y tú me miraste. Te reíste, yo decliné tu nombre, o el mío, y me reí.
             Era una bufanda gris, de lana. Prendiste un cigarrillo, pediste un café. Me preguntaste, a mí, por Laura. Cómo estás, me dijiste, como si tal cosa. Yo no te contesté, porque no sabía qué decirte. Me reí y seguí conjugando el verbo encontrar en el modo optativo. Tenía las manos heladas, por eso no me saqué los guantes.
            Y tal vez no lo recuerdes, pero hacía frío aquella mañana, de agosto. Yo te miré mientras cruzabas la calle, saludabas al diariero y entrabas al boliche. Entraste, te acercaste a la mesa y me diste un beso. A mí, Laura. Yo te quería, pero no quería decírtelo. Pediste un café, encendiste un cigarrillo La Paz, sin filtro, y te pusiste a repasar el código general del proceso. Yo estaba tomando una grapa con miel, para entrar en calor. Laura se reía, memorizando los aoristos. La escuché reírse, pero no te dije nada. Y cuando ella se fue, yo también me fui. O me quedé, no estoy segura. Porque cuando Laura se iba, yo no sabía qué decirte. Y cuando ella hablaba, yo me fastidiaba un poco. Le gustaba hacerse notar. 
            Y fue por eso que yo te miré. Porque llovía y cruzaste Tristán Narvaja y entraste en el boliche. Llovía y no tenías paraguas. En esos años te negabas a usar paraguas. Los paraguas son para los viejos, decías. Yo estaba en la mesa de siempre, tomando un café. Te acercaste, me diste un beso y me dijiste qué tal, cómo estás. Creo que esa vez sí te contesté, porque Laura estaba de buen humor, y Laura también. Te sonreí y tú quedaste sorprendido, porque Laura casi nunca sonreía. Cuando ella se fue, la miraste mientras se alejaba por Tristán Narvaja, y fue entonces que yo te dije que sí, que tal vez, que por qué no.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Diecisiete encendedores



Diecisiete encendedores procedentes de la colección Vicenzi, diez latas con propaganda de té y café, un álbum de Chocolates Águila completo y en buen estado de conservación, una copa de cristal Souvenir de la Exposición Universal de París con estuche original, una máquina de fotos tipo fuelle, una grapa con miel, por favor, una caja musical antigua con mecanismo de cuerdas y cilindro de bronce, treinta rollos para pianola y un paquete de cigarrillos La Paz, sin filtro, una cartuchera para municiones perteneciente al ejército alemán, año 1914, una máscara anti-gas del ejército belga, sin origen, incompleta y con avería -esto debería ir en la subasta del viernes, no en la de hoy- una daga turca con hoja cincelada, cuatro monedas bizantinas sin clasificar, un café con leche mientras leía en busca del tiempo perdido, una cadena de oro con dijes de coral, un collar de perlas, un reloj pulsera y entonces fue que cruzaste la calle y me viste, una gargantilla de brillantes con cierre de seguridad, doce cucharitas de plata inglesa y me diste un beso en la mejilla, me preguntaste qué tal cómo estás y yo te dije bien ¿y vos? un pastillero de porcelana, un abanico francés decorado anverso y reverso, encendiste un cigarrillo La Paz y pediste una grapa con miel, otro abanico, una pareja de sillas Luis XVI en madera dorada, una alfombra persa en aquel boliche, a pocos pasos del callejón de la universidad, una consola en mármol veteado, un joyero en alabastro con guarda de bronce, un brazalete y aquel boliche, sí, el de piso de tablas ¿te acordás? un catálogo de la II Bienal de San Pablo, una carta esférica del siglo XVIII en aceptable estado de conservación, una rueca que debería estar en otro lote, un tintero de bronce y los volantes que decían libertad, una miniatura esmaltada, un ánfora de base circular con animales mitológicos, un afiche anónimo y ahora que lo pienso tal vez era una grapa con limón, un barómetro de pared, dos candelabros y tantas palabras prohibidas, un reloj estilo imperio, un tarjetero de nácar, una polvera de carey decían los volantes, un teléfono antiguo a magneto en hierro y metal, varios ejemplares numerados, encuadernados en rústica, un abanico de nácar y sí me acuerdo, claro, una jardinera en mayólica, una cítara de caoba, marfil y hueso, con llave para ajustar las clavijas, un alhajero de ébano, el fajo de volantes que yo guardé en la cartera, dos bomboneras de cristal, un juego de ajedrez con piezas de porcelana, una cartera de cuero, grande, que yo usaba cruzada como si fuera una mochila, un farol antiguo que tenía en los bordes un tenue repujado en forma de trébol, otro alhajero, un ejemplar de Las Metamorfosis editado en París en 1752, un par de espuelas de oro con las iniciales J. C., seis soldaditos de plomo y esa vez me acompañaste a tomar el ómnibus, un abrecartas de marfil con empuñadura de bronce, una hora en aquella esquina, la de la plaza, esperando el ciento veinticinco con destino al Cerro, una bandeja victoriana, una estatuilla de jade, un samovar de plata, una brújula.

sábado, 24 de agosto de 2013

Fuera de lugar (fragmentos)



        Martín corre detrás de una pelota azul y blanca que le trajeron esta mañana los Reyes Magos. La patea y me mira, yo aplaudo.
        Le doy un beso y le envuelvo la cabeza con una bufanda. Es una madrugada muy fría y no quiero que tenga otra crisis respiratoria. Su camperita verde sube de un salto la escalera de entrada del Jardín Nº 16 y se pierde en el pasillo que conduce a los salones de clase.
        Antes de cruzar la calle, Martín se da vuelta y me mira. Yo le hago señas de que siga adelante. Va solo, por primera vez, a su clase de música. Lleva los palos de la batería colgando de la mochila.
        La maestra de cuarto grado, o de tercero, o de quinto, se queja. Este niño no se concentra, me dice, no presta atención, es muy distraído. Y nunca está quieto, agrega.
        Tiene seis años y no encuentra su Ranger verde. Buscamos en el cajón de los juguetes, en el ropero, debajo de la cama. No hay caso, el Ranger no aparece. Yo tengo que preparar una clase sobre la obra crítica de un escritor desconocido que la academia encuentra interesante para explicar el posterior desarrollo de una generación que sentó las bases para el posterior desarrollo de la generación del cuarenta y cinco. Un montón de fotocopias se apilan en mi mesita de luz.
        Martín tiene catorce años. Está tirado en la cama, con la mirada perdida. Cuando le hablo me sonríe, pero no sé si entiende lo que estoy diciendo. Me acerco, me siento a su lado y le hablo con lentitud. Vocalizo palabras sencillas y frases cortas. Sus pupilas están fijas en algún punto detrás de mí. En su mesita de luz hay una foto de Slash tocando la guitarra, un muñequito Snoopy y hojillas de papel para tabaco. 
        Tiene dieciséis años, viste de negro y lleva una cruz invertida colgando del lóbulo de su oreja izquierda. Se queda conmigo todo el fin de semana. Conversamos, miramos juntos el noticiero de la tarde, nos burlamos de la propaganda política, comemos calamares a la romana y cantamos Mambrú se fue a la guerra.


*


Martín dice que yo estoy siempre en otro lugar. Que ha sido así desde que él nació, o al menos desde que puede recordar. A mí me parece una acusación injusta. Estamos pelando un quilo de papas para acompañar un pollo pequeño, de granja, que ya se está cocinando en el horno. Anochece temprano a esta altura del año y afuera hace frío. El termómetro que tenemos en el balcón no ha marcado más de ocho grados en los últimos días.
Yo, ahora, estoy aquí, le digo. No, no estás aquí, contesta, y se ríe. No estás aquí, nunca estás, insiste. Agrega que él trataba de alcanzarme, cuando era chico. De alcanzarme y traerme de vuelta.
Después de cenar, se encierra en su cuarto y escucha música a todo volumen. Nuestros vecinos nunca se han quejado. En el piso de arriba vive una pareja joven con un hijo de siete años y un bebé de seis meses, y en el de abajo dos señoras muy amables. Yo trato de leer una novela pero Martín me interrumpe cada diez o quince minutos buscando mi opinión sobre un solo de guitarra o sobre una melodía que alguien, un músico olvidado, ha compuesto tras varios años de silencio.
Le gusta pasar la noche en vela y dormirse recién en la madrugada. Como no consume alcohol ni marihuana he decidido no preocuparme, o al menos no desesperarme, por sus horarios. Ni por su forma de vestir, ni por su pelo, ni por el estado de su dormitorio.
No sé qué es lo que piensa acerca de su futuro y creo que él tampoco lo sabe. Cada tanto esboza algún proyecto, lo menciona un par de veces y luego lo olvida. Trabajar como camarero en un restaurante, criar terneros en el campo de unos amigos, tocar la batería en el metro de Barcelona, hacer malabares en una plaza, participar en la cosecha de manzanas de cierta granja ecológica, pedir limosna en las escaleras de la catedral de Girona, de Montevideo o de Madrid.
Este niño necesita una imagen paterna, me dijo desde el principio la psicóloga del colegio. Lo mismo dijeron la maestra, la directora, la profesora de natación, la psicomotricista, la fonoaudióloga y la dentista. Esto se repitió, con ligeras variantes, durante unos catorce años. Un buen día, por alguna razón que desconozco, cesó.
La situación de Martín en el sistema educativo nunca fue estable. La mayoría de los problemas radicaba en su actitud, le resultaba difícil no dormirse en clase.                                               

 

                                                                       *


         Son las nueve de la noche. Estoy tirada en la cama, a oscuras, con la mirada fija en el cielorraso. Voy por el cuarto ciclo de quimioterapia, tercera serie. Martín está en el club, jugando al fútbol.
         Cuando vuelve entra en mi dormitorio, enciende la luz y me abraza. Está transpirado y no huele muy bien, pero no le digo nada. Se da una ducha, deja un charco de agua en el baño, ropa tirada por todas partes y huellas húmedas en el parquet. Después comienza a preparar la cena. 
        Con muchas precauciones, yo logro trasladarme desde la cama hasta el sillón del living. Enciendo el televisor y comienzo a recorrer los canales buscando una serie policial. Martín ya está en la cocina, pelando papas para acompañar un matambre al horno.

                                                          *
         
                                                                           *        


domingo, 27 de enero de 2013

Era viernes, creo





Era viernes, creo. Alguien nos presentó en la cena de bienvenida, mientras tomábamos un cóctel. Era yo quien tomaba un cóctel, en realidad; vos sostenías en la mano un vaso de whisky escocés, sin hielo. Era un viernes, sí, un viernes de agosto. Agosto de aquel año, mil novecientos noventa y siete, el año de las inundaciones y los cortes de luz.
Fue ahí, en ese hotel de Bahía Blanca, que todo empezó. Un cóctel de bienvenida, los anillos en la mesita de luz y los sonidos del silencio. O let it be, o yesterday. Después, el ritmo pausado de tu respiración, mis ojos abiertos en la oscuridad.
                                                          

Hubo otros viernes, otras habitaciones, otros hoteles. Una rápida puesta al día, una copa de vino blanco, otra copa de vino blanco y la presión de mi lengua en el pliegue de una cicatriz. El temblor de una membrana entre mis labios y los sonidos del silencio. O let it be, o yesterday.
Por la mañana un roce en la mejilla. Los relojes, las llaves del auto, las agendas y los anillos. Después llegaron los celulares.


Una noche perdí una de mis caravanas. Era un aro de plata que hacía juego con un broche de pelo en forma de ancla. Fue en un hotel de Tacuarembó, me parece. Pero no estoy segura, tal vez en Tacuarembó fue que dejé mi pulsera de coral –un coral rústico, sin pulir, que le compré a un artesano húngaro de Lloret y que yo misma até con hilo sisal- y el aro de plata en realidad lo perdí en Buenos Aires. O en el Chuy, o en La Pedrera, quién sabe.
Los anillos no, nunca los perdíamos. Habría sido difícil de explicar.


Otra noche tuviste que prestarme un pañuelo. Ésa no fue una gran noche, a decir verdad. Yo tosía, estornudaba y me sonaba la nariz constantemente. Además, me dolía la garganta. Por eso, porque yo me sonaba la nariz, tuviste que prestarme un pañuelo. Lo guardé durante un tiempo, unos meses. Después, un día, te lo devolví. Gracias, te dije.


Esto no funciona, anunciaste una vez. Creo que fue en el dos mil uno. Por setiembre, poco antes de la primavera. Una primavera muy lluviosa, si mal no recuerdo.
Esto, así, no funciona, dijiste. Yo no te contesté. Seguí fumando, mientras contaba las baldosas que había entre la pata de la cama y la puerta del baño. Unas baldosas grandes, rústicas, de un color terracota que, a mi criterio, no combinaba del todo bien con el azul claro de las paredes. Entre la pata de la cama y la puerta del baño había siete de esas baldosas. Las conté varias veces, mientras fumaba y escuchaba tu voz. 
Cuando terminé el cigarrillo, dejé la colilla en el cenicero y cerré los ojos. 


¿Te parece? te pregunté varias semanas después. Pero no escuché tu respuesta, no me interesaba. No me interesaba en absoluto, tu respuesta. Todavía sentía cierto rencor porque no nos habíamos visto el último viernes de octubre. No mucho rencor, para ser sincera, sólo un poco. Es que siempre habíamos pasado juntos la noche del último viernes de octubre, pensé, mientras vos hablabas y yo paladeaba una pastilla de menta.


Fue en el dos mil cinco, antes de las fiestas de fin de año, cuando decidimos terminar. No era la primera vez que lo decidíamos, no. Digamos que últimamente era casi un hábito, entre nosotros, conversar sobre cuál sería el mejor momento para dejar de vernos. Vos te sentías un poco culpable, a esa altura. Yo, no tanto. Después de hacer el amor me volviste a explicar que ésa era la oportunidad ideal para ponerle un cierre amigable –y definitivo- a nuestra relación. Cerré los ojos y te escuché, atentamente. Me hacía cosquillas tu barba de unos días y eso me impedía concentrarme en tus palabras. De todos modos lo intenté y creo que incluso te di la razón. Tus argumentos eran irrebatibles. 
      Hablaste largo rato aquella noche, hasta que yo me quedé dormida.


Después de las vacaciones fui yo quien decidió terminar. Estábamos en un hotel de Quaraí, cerca de la frontera. Esto no puede continuar, afirmé, con una convicción algo deslucida por la recorrida de tu mano derecha a lo largo de mi espalda. Yo estaba boca abajo, con la cabeza hundida en la almohada y me costaba hablar. O sea, me costaba vocalizar. Lo que tenía para decir lo sabía de memoria, lo había practicado durante varias tardes con mi analista cuando tú estabas de gira por Río Grande do Sul. A veces pienso en las horas de terapia que me costó aquella ruptura.
Y así fue que nos despedimos, amigablemente, tomando un café. Pero no en Quaraí, no. Eso fue después, en otro lugar.



                                                                ****

martes, 25 de septiembre de 2012

Por ejemplo, en Goa




            Estamos en Goa. En la playa de Arambole, para ser más precisa. Alquilamos una casa vieja pero en buen estado, a unas cuadras de la costa. Klaus fuma en silencio, acostado en una hamaca que cuelga entre dos árboles. Yo escribo, sentada en una mecedora. Escribo, tacho, vuelvo a escribir.
            Es una casa vieja, con las paredes descascaradas y manchas de moho en el cielorraso. El agua corriente funciona –al menos, funciona la mayor parte del tiempo- y la energía eléctrica también. El dormitorio es amplio y fresco, no muy luminoso. La cama es ancha, las ventanas angostas y el techo irregular.
            Klaus me ha dicho que en esta región hay cobras. No muchas, pero hay.

                                                                       *

            Esta noche no hacemos el amor, estamos cansados. Klaus se acuesta junto a mí, apaga la luz y enciende un cigarrillo. Cuando termina de fumar deja la colilla en el cenicero, apoya su mano izquierda sobre mi cadera y se duerme. Su respiración es ronca e incierta. De a ratos, tose. Mucha nicotina y marihuana y otros productos se han ido acumulando durante décadas en sus pulmones. Y en su hígado, en sus riñones, en su vesícula.

                                                                       *

            Escribo, tacho, vuelvo a escribir. Klaus juega con un perro que acaba de encontrar.

                                                                       *

            En Goa, en el balneario de Arambole. Han alquilado una casa algo precaria, cerca de la playa. Klaus cocina un arroz con hongos mientras ella, recostada en una mecedora, duerme. O tal vez piensa, con los ojos cerrados. Le han dicho que en la región hay cobras, lo que no deja de inquietarla.

                                                                       *

            Releo, imprimo, guardo las hojas en una carpeta, dejo la carpeta en un cajón del escritorio y vuelvo a la pantalla. Observo que me estoy quedando sin tinta.
            Escribo, una vez más, estamos en Goa. (¿Por qué no escribir, una vez más, estamos en Goa?) En la playa de Arambole, para ser más precisa. Hemos alquilado una casa algo precaria, cerca de un arroyo que


***


sábado, 15 de septiembre de 2012

Los mellizos


Los mellizos

Poco antes de cumplir los cincuenta, García se resignó a dejar los sentimientos y las emociones a un lado para conformarse con un buen pasar, un bonito apartamento con vista al parque y una muy personal colección de libros. Cuando un hombre interesante aparecía en su horizonte, García cerraba los ojos. Alguna que otra noche de insomnio aún añoraba las épocas en que había estado enamorada, o encaprichada, o confundida, o entusiasmada, o resentida, o desesperada, pero esto sólo sucedía cada tanto, en contadas ocasiones, y era superado durante la mañana siguiente tomando mate con hierbas medicinales –malva, boldo o carqueja- y mirando el History Channel.
Huía de los hombres maduros pero aún se permitía apreciar, a distancia, el atractivo de los hombres jóvenes, a quienes creía inocuos. Tal vez por eso fueron los mellizos quienes le dieron una sorpresa. Meses después de que todo comenzara, García seguía sin comprender cómo era que todo había llegado realmente a comenzar.
Martín tenía un diente partido y el ánimo un poco menos sombrío que Diego. Ambos vivían con su abuela materna mientras que sus padres, juntos o separados, eso no estaba muy claro, vivían en algún lugar del interior o del exterior, eso tampoco estaba claro. Habían dejado de estudiar al terminar secundaria y eran bastante renuentes a la idea de buscar trabajo. Escuchaban música, leían, fumaban y tomaban cerveza. Eran altos, esbeltos y ágiles. Los conoció a mediados de junio, cuando fueron a su casa a despedir a Luigi. Aunque García interpretó como mera amabilidad el interés que demostraron en su biblioteca, ofreció prestarles algunos libros. Pensó que no los aceptarían o que de hacerlo no los leerían y que en todo caso nunca iban a devolvérselos, pero se equivocó en todas y cada una de sus predicciones. Ellos aceptaron los libros, los leyeron y los devolvieron. Una semana después del primer encuentro reaparecieron en su apartamento, se instalaron en el sofá, preguntaron cortésmente por Luigi, hicieron comentarios muy personales sobre música, literatura y cine y se comportaron en general como dos jóvenes bien educados. También la invitaron a un recital que ofrecía a pocas cuadras de allí un grupo noruego, invitación que García declinó. Esta vez se llevaron un libro escrito por ella y le prometieron alcanzarle letras de canciones que estaban traduciendo. Les interesaba su opinión, dijeron.
Como no llegó a considerarlos un peligro hasta que fue demasiado tarde, García olvidó cerrar los ojos. Sucesivamente fue olvidando otras cosas, como el hábito de madrugar, su medicación, las sesiones quincenales de reiki y los suplementos de calcio.


Aloe, lachesis, lycopodium. Tres centímetros cúbicos en medio vaso de agua, en ayunas. Los mellizos duermen, es difícil que se levanten antes del anochecer. García está haciendo la lista de las compras. Yerba, café, papel higiénico. Juana va a llegar a las nueve a hacer la limpieza y García siente la tentación de enviarle un mensaje para que se tome el día libre. No es que Juana se sorprenda fácilmente ni que tenga la costumbre de juzgar las vidas ajenas, pero encontrar a dos jóvenes iguales durmiendo en la cama de García era algo que podía llegar a trastornar su indiferencia habitual. Y aunque García suele actuar como si la opinión de los demás no le importara, eso no es del todo cierto. Papel higiénico, lechuga, tomates y latas. Estos hermanos son adictos a muchas cosas, entre ellas a las latas. Latas de cerveza, de atún, de arvejas, de coca cola.


Los mellizos eran seres de la noche mientras que García era un espíritu matutino, por eso podían coexistir con comodidad aunque el apartamento fuera pequeño. Tampoco era necesario coexistir, a decir verdad, ya que nunca pasaban mucho tiempo juntos. Lo habitual era que ellos fueran y vinieran a su antojo, a su aire, a su libre albedrío. Desde su escritorio, García los escuchaba entrar y salir, los sentía acercarse y alejarse, los oía dando vueltas por la cocina, abriendo una lata de coca-cola y un paquete de papas chips o cocinando hamburguesas con huevos fritos y salsa kétchup a cualquier hora del día o de la noche. No hablaban mucho y rara vez miraban televisión. Eran aficionados a Internet, eso sí, y García era consciente de que su área wi fi había sido al comienzo uno de sus principales atractivos.
            Había algo impenetrable en ellos, algo irreductible, indescifrable. No daban ni pedían nada. No parecían esperar nada de la vida ni del futuro ni de la humanidad. Aceptaban como al descuido algún que otro gesto de cariño pero tendían a rechazar, incómodos, cualquier muestra de afecto que consideraran excesiva. Nunca aceptaron dinero. A cambio de la provisión permanente que encontraban en la casa de García, cada tanto le llevaban pequeños objetos que robaban en los supermercados de la zona. Un salero, una jabonera, un desodorante. Eran capaces de apreciar un buen vino si ella se los ofrecía en el momento adecuado, pero preferían la cerveza.
El razonamiento lógico discursivo les era ajeno. Operaban más bien por intuiciones, tan certeras que cortaban el aliento. Leían con atención los textos que ella escribía y parecían comprender mucho más de lo esperable, pero no les gustaba formular comentarios estructurados. A lo sumo una broma tangencial o un juego de palabras. Si ella intentaba abordar temas profundos o elevados, que para el caso es lo mismo, se reían. No a las carcajadas, no, sólo una risita discreta, sesgada, que alguien que no los conociera podría incluso calificar de cariñosa. Eludían cualquier intento que ella hiciera de idealizarlos y pasaban la mayor parte del tiempo mutando, sea lo que fuere que esta palabra significara para ellos. No les interesaba integrar las estadísticas ni formar parte de los promedios.
García sabía que un día se irían tal como habían llegado, sin explicaciones, sin promesas, sin piedad. Nada de te queremos mucho, sos una gran tipa, te merecés lo mejor, contá con nosotros ni cosas por el estilo.


Eran casi idénticos, casi. García se recostó sobre las almohadas y los observó mientras ellos se quitaban la ropa y se dedicaban a exhibir sus nuevos tatuajes. Un delfín que emergía del brazo izquierdo de Diego y se hundía en el hombro derecho de Martín. Tenían otros más antiguos. Un dragón, un ancla, una serpiente. También tenían quemaduras de cigarrillos, marcas de jeringas y cortes en los antebrazos.

                                              
Hay cosas aún peores que nacer en Montevideo, les explicaba García a los mellizos una noche de diciembre. Martín estaba desparramado sobre la alfombra, fumando, con la cabeza apoyada en un libro. Diego estaba acostado en el sillón, con la mirada fija en un punto perdido. Parecían escuchar, pero García sospechaba que estaban más atentos a las modulaciones de su voz que al significado de sus palabras. De todos modos siguió hablando, consciente de que la pasividad que embargaba a los jóvenes podía disiparse en cualquier momento. Su capacidad para prestar atención a un mismo tema era limitada, por lo que García sintetizaba al máximo sus comentarios. Si comenzaba a articular un discurso largo ellos se levantaban y se iban, dejándola con la palabra en la boca. O eructaban, o escupían.
Nunca argumentaban, ni discutían, ni censuraban. Tampoco exigían coherencia ni compromisos.


Abre la heladera y observa. Medio limón, un envase de yogur abierto, una botella de agua mineral sin gas. Los mellizos están en alguna playa del este, aprovechando la temporada turística para buscar un empleo ocasional. Hace casi un mes que no aparecen por su casa. Ya no hay latas de cerveza desparramadas por el living, ni cocacolas en la heladera, ni colillas por todas partes, ni olor a transpiración en sus toallas, ni calcetines sucios entre las sábanas. García mira con nostalgia los ceniceros vacíos y las habitaciones ordenadas. Ha aprovechado esas semanas para purificar su organismo comiendo sólo verduras y frutas. También ha bajado algún que otro quilo, sobre todo en la zona de las caderas. Ahora puede usar vaqueros talle cuarenta y seis sin que se le corte la respiración.


Marzo en Montevideo. Hay que pedir hora con el oculista, llamar al service del lavarropas y pagar la cuenta del cable. Hace ya dos meses que García no ve a los mellizos. Sólo recibió un mensaje de texto donde dicen que no tienen planes de volver, ni de no volver. No tienen planes, en realidad. Asamblea de copropietarios, liquidación del impuesto a la renta, reunión con el contador, anticipo del balance…
No podía retenerlos y tampoco podía olvidarlos. Enojarse con ellos habría sido patético. Ellos no mentían ni engañaban ni prometían ni ofrecían nada, sólo existían. De modo que García hacía solitarios o tiraba el tarot de Marsella mientras esperaba un mensaje, o una llamada, o un mail. O sencillamente, que tocaran el timbre.


Ya hace tres meses que los mellizos se fueron, Luigi aún no ha vuelto y García adelgazó cuatro quilos. Ahora está en pleno proceso de limpieza de sus armarios. Varias cajas con fotografías familiares, cuadernos llenos de anotaciones y carpetas con méritos curriculares terminan en el contenedor de basura que ocupa un metro y medio de largo por noventa centímetros de ancho en la esquina de Bulevar Artigas y Dieciocho de Julio. Al mismo contenedor van a parar un rompevientos gris, no muy grueso, un chal violeta que le trajo Elena de Buenos Aires el invierno anterior, un par de sandalias, una de ellas con el taco quebrado, un almohadón de plumas, un portarretratos vacío, unas gafas que ya no usa, varias agendas del siglo veinte, dos pilas agotadas, un mapa de San Gregorio de Polanco, un termómetro averiado, un frasco de perfume sin perfume y una caravana de jade.


Una noche reaparecieron como si tal cosa, acompañados de una joven de origen japonés a la que llamaban Miko. Miko era bajita y grácil, exhibía con soltura un cabello negro que le llegaba hasta la cintura y trataba a García como si fuera una pieza más del mobiliario. Los mellizos, en cambio, estaban locuaces. Para la sensibilidad de García, exacerbada por meses de soledad, tal vez un poquito demasiado locuaces. Contaron que con el dinero ganado trabajando en un hostal se habían comprado una guitarra. También habían compuesto letras para canciones y querían la opinión de García. Estas palabras, en su código, podían significar varias cosas diferentes y también podían no significar nada en absoluto. García sirvió cerveza para todos, incluyendo a Miko, y comenzó a leer y a comentar las canciones. Habló durante largo rato aquella noche, mientras ellos fumaban y bebían.
           

No sabe si es tristeza o carencia de potasio, pero se siente muy cansada. Está acostada boca arriba, con la mirada fija en el cielorraso, pensando en la larga lista de actividades, todas debidamente anotadas en su agenda, que debe llevar a cabo esa tarde. Pasar por la empresa a hacer un arqueo de caja y llevar el auto a la estación de servicio para un cambio de aceite son las principales. Están a mediados de agosto y contra todos los pronósticos, Luigi aún no ha vuelto. No se le ha terminado el dinero ni se ha enfermado ni se ha aburrido. Parece a gusto con sus amigos noruegos y habla de irse a vivir a una cabaña en algún bosque escandinavo, acompañado sólo por su guitarra. García le escribe y le comenta que se cruza cada tanto con aquellos amigos suyos, los gemelos, a lo que su hijo contesta mellizos, mamá, mellizos.


Un té con limón y seis cucharaditas de azúcar. Pantuflas, una pinza en el pelo, crema humectante en las mejillas y un camisón abrigado. García, cuyo verdadero nombre no es García, busca un epílogo para esta historia. Las opciones son varias:
1)      Luigi regresa y la situación se torna algo incómoda.
2)      El que regresa no es Luigi sino alguien a quien García prefiere no mencionar. La situación también se torna incómoda.
3)      García se muere.
4)      García no se muere. Todo sigue como está.

(Publicado en Relaciones, enero 2012)









sábado, 8 de septiembre de 2012

Ilusiones

Ilusiones


Maite cree sinceramente en su propia existencia. Y no sólo en la suya sino también en la de su familia, en la de sus amigos y en la de su gata. También tiene el hábito de atribuirse, cada mañana, una identidad propia, única y estable, que arrastra consigo durante todo el día. 
    Algunas personas de su entorno son más ingenuas aún. Por ejemplo, Natalia está convencida de que el reloj de oro que su esposo le regaló para celebrar veinte años de matrimonio es un reloj de oro que su esposo le regaló para celebrar veinte años de matrimonio. Parece innecesario agregar que Natalia también cree en su matrimonio e incluso en su esposo. Siguiendo con este catálogo de singularidades, anotemos que Martín tiene fe en su profesión y Jota en su ideología. Clara afirma que olvidar es posible, Aldo insiste en que la felicidad es un camino por el que todos podemos transitar, Equis se toma en serio su propia importancia y Miguel está enamorado. Emilia disfruta de su empleo en una oficina de exportaciones e importaciones, Luis no ha perdido aún el respeto por la humanidad y Julio opina que un buen asado a las brasas explica ciertas cosas. 
    Muchos sostienen que el país en el que viven es efectivamente un país, algunos evidencian un curioso optimismo con respecto al futuro y todos ellos están convencidos no sólo de existir sino también de estar vivos. Aun los que se jactan de practicar un elegante escepticismo, como Raúl, sólo en raras ocasiones dudan de su propia factibilidad.