sábado, 8 de diciembre de 2018

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Espejos y espejismos


 




            Cuando Laura conoció a Laura, todo comenzó a cobrar sentido. Se encontraron un viernes de abril, leyendo una novela. En realidad, hacía años que Laura sospechaba de la existencia de Laura. Sobre todo desde aquella vez en que creyó vislumbrar su sombra en un recodo de la escalera, cuando aún vivía en la casa de sus padres. Bajaba a cenar, después de haber pasado la tarde en su dormitorio, y fue ahí, en un instante entre el quinto y el sexto escalón, que le pareció ver a Laura. Pero como nunca estuvo muy segura, no se decidió a comentarlo con nadie. Y ahora, casi veinte años después, ambas se miraron frente a frente. Aunque esto no es estrictamente cierto. A decir verdad, se observaron más bien de soslayo. Laura, que era un tanto reservada, se hizo la distraída. En cambio Laura, cuyos modales dejaban algo que desear, se mostró bastante abierta. Ellas hubieran querido conversar un rato, pero ¿de qué? ¿Acaso tenían algo en común? Todo indicaba que sí, pero la experiencia le había enseñado a Laura, y probablemente a Laura también, que nada es seguro en este mundo.


                                                           *


Tras varios meses de charlas discontinuas y sin mucha sustancia, Laura siente la fuerte tentación de hacer algún que otro reproche. Eres demasiado fría, le dice. Laura no contesta. Permanece en silencio, absorta en el rumor de las hojas secas arrastradas por el viento.
            Mi frialdad es una construcción, confiesa unos cuantos días después. Pero L no la escucha, está ocupada corrigiendo la entreverada sintaxis de L, que pretende publicar un cuento que Laura encuentra aceptable. Bastante bueno, incluso, podría decirse. Al menos tiene un comienzo original, aunque tal vez un crítico sutil diría que al transcurrir las páginas la trama se va desgranando sin remedio hasta desintegrarse poco antes del final.
Siempre le ha gustado escribir. Escribe cuentos breves. Tan breves, que a veces no tienen principio ni fin. Ni trama, ni personajes. Cuando hace gestiones para publicarlos, los editores la miran entre compadecidos y desconcertados.

           

                                                           *


En otro orden de cosas, deberíamos aclarar, a esta altura de la página, que Laura está enamorada de Jota. Laura, en cambio, no. L, que es más joven y, por qué no decirlo, algo ingenua, encuentra aspectos interesantes en la personalidad de este profesor de historia que dedica la mayor parte del día a manejar un taxi. Sin embargo, L es la única que percibe con claridad el peligro que Jota entraña para su propia existencia. De modo que todo varía según Jota se encuentre con L, o con L.
            Mientras hace el amor con Jota, lentamente, casi distraídamente –ése es su estilo-, L piensa en X. Y aunque no sabemos con certeza dónde está X en este momento, no podemos resistir la tentación de sugerir algunas hipótesis. Por ejemplo, X está en su casa. Si es así y dada la hora –a L y a Jota les gusta hacer el amor en la madrugada- lo más probable es que X esté durmiendo. No es habitual que se levante antes de las ocho. Su empleo en una galería de arte no le exige más que una presencia ocasional e intermitente, y sólo durante la tarde. Si, en cambio, está en la casa de Z –y esto es lo más verosímil ya que hoy es jueves- también es probable que esté durmiendo. Soñando con L, tal vez. O tal vez, quién sabe, con alguna otra. No con Z, eso es seguro, porque la tiene a su lado.
Aunque a nosotras, las narradoras, nos cueste admitirlo, es muy común que L piense en X cuando hace el amor con Jota. Sospechamos, también, que X sueña con ella más de lo estrictamente apropiado. No sabemos –porque no somos del todo omniscientes- qué es lo que pasa con Jota y con Z –cada uno por su lado-. Es probable que ambos –cada uno por su lado- sueñen, piensen, fantaseen e incluso alucinen con otros personajes que aún no conocemos. De todos modos, no está de más aclarar que cuando llega la hora de acostarse, cada uno lo hace en la cama que le corresponde. Cualquier otra opción sería, en opinión de algunas de nosotras, de mal gusto.


                                                           *


Sin embargo, hay entre las narradoras una minoría que cree, o creemos, que este texto sería más divertido si X y L se encontraran a solas alguna vez, lejos de la discreta pero implacable vigilancia de Jota. Y de Z. El problema que surge aquí es que L es algo perezosa a la hora de llevar sus fantasías a la práctica. Además, la experiencia le ha enseñado que la práctica no suele estar a la altura de las fantasías. Sobre todo cuando interviene algún personaje que está fuera del control de su imaginación. Como X, que seguramente tiene sus propias expectativas acerca de las cosas. De las cosas en general y de L en particular. Un encuentro entre ellos en el plano de la realidad –de la realidad virtual, claro- tendría derivaciones insospechadas sobre las que las narradoras no logramos ponernos de acuerdo. Lo más sensato sería, entonces, que cada una de nosotras escribiera su propia versión del asunto. Pero esto es más fácil decirlo que hacerlo.
Ahora bien, ¿qué opina Jota de esta problemática? Todavía está ofendido porque L le prometió acompañarlo a México y luego L se retractó sin darle explicaciones. Las narradoras hemos observado que Jota se comunica bastante bien con L en lo que a actividades sociales y culturales se refiere. Ambos comparten una rara afición por el teatro mediocre, el buen cine y la música extravagante. En cambio, a la hora de hacer el amor, Jota se entiende mejor con L. Así lo demuestran sus prácticas nocturnas, y a veces diurnas. Nuestra conclusión es que Jota, si puede encontrarse con Laura aunque sea una vez cada tanto, se declara satisfecho. Ya ha comprendido que no es prudente esperar demasiado de ellas.


                                               *


Y aquí es que se abre un abanico de posibilidades.
L, que prefiere mantenerse a una prudente distancia de cualquier controversia, opina que para superar este equívoco todas deberían, o deberíamos, tener en cuenta la noción de realidad. O algo así. Lo que no podemos saber es si cuando ella dice realidad, quiere decir realidad o, por el contrario, realidad. L es algo enigmática y las narradoras no siempre logramos comprenderla. Y su respuesta a esta observación, por no decir esta crítica, es tan ambigua, que hemos decidido pasarla por alto.
Para peor, en este preciso instante L tiene sueño. Y sueño, que no es lo mismo.


                                               *


En términos generales y para tranquilidad de todas, podemos afirmar que L ha llegado a entenderse bastante bien con L. A las dos les gusta leer, caminar, etcétera. Entre las pocas diferencias que subsisten, está el hecho de que L se guía por el calendario solar mientras que L lo hace por el lunar. Sus horas armonizan, a su manera, con las de la civilización occidental y cristiana. Las suyas, en cambio, se desvían un poco, no demasiado, sólo lo suficiente como para generar un leve desajuste. Por ejemplo, los lunes a las ocho de la mañana, cuando es imperativo que L marque tarjeta en la oficina en la que desde hace algunos años transcurre la tercera parte de su vida biológica y casi la mitad de su vida consciente, puede ocurrir que para L sea necesario dormir, o escribir, o cantar. Ella, que observa este conflicto sin involucrarse demasiado, opina que, bueno, lo que opina no es muy relevante que digamos.
Cuando esta situación amenaza volverse insostenible, L emigra. Casi imperceptiblemente, con discreción y elegancia, se desliza hacia L. Como esto acontece bastante a menudo, ella trata de mantenerse siempre cerca de la frontera.


                                               *


Para terminar, anotemos que hace ya unos días que a L le cuesta conciliar el sueño. Algunos detalles peculiares le han sugerido la posibilidad, un tanto inquietante por cierto, de que L esté muerta. Ahora bien, ¿cuál es el real alcance de la frase: L está muerta? Si es que lo está, claro. Ya otras veces ha pasado que ella desaparece por un tiempo y cuando ella está pensando lo peor –o lo mejor, eso depende de la perspectiva, que a su vez depende del estado de ánimo del momento- ella reaparece. Esto la ha llevado a sentir una insuperable desconfianza hacia el lenguaje.
En resumen: Laura quiere morir pero Laura no. A veces. O Laura quiere que Laura muera. Siempre.
Pero eso, en definitiva, ¿a quién le importa?


lunes, 11 de junio de 2018

LA IMAGEN DE PIEDRA



     Caminaba despacio, sintiendo crujir las hojas secas bajo sus pies. Se había tomado unas horas libres para disfrutar del atardecer de otoño, que encendía los árboles del prado con los matices del fuego. Se acercaba al estanque circular cuando distinguió, desde un recodo del sendero, una figura de piedra semioculta entre unos arbustos. Sin pensarlo mucho, se internó en la espesura y atravesó una breve extensión de césped húmedo y desparejo, esquivando con cierta dificultad los charcos que salpicaban de barro sus zapatos de piel. Recién cuando llegó a unos pocos metros de la estatua, Rossi se detuvo, intrigada, y observó. La silueta oscura de un hombre se recortaba contra el mármol límpido de una deidad vegetal, una ninfa solitaria que hundía sus raíces en la tierra. El musgo cubría la base de la roca de la que emergía el cuerpo semidesnudo, grácil y esbelto, de la diosa. El torso levemente arqueado, la frente apenas inclinada, la mano izquierda que sostiene, trenzadas, unas hojas de hiedra.
………
                Tuvo que recorrer la cuadra varias veces, tropezando con las baldosas flojas de la vereda y enfrentando el viento helado que venía del mar, antes de identificar la puerta de entrada. Ya estaba por desistir, pensando que había entendido mal la dirección, cuando encontró la fachada que buscaba, casi oculta por el despliegue luminoso de las torres vecinas. Angosta y cubierta por la hiedra de muchos años, la casa se erguía taciturna en ese barrio que el auge de la construcción había sembrado de cristalinos edificios de apartamentos. Rossi suspiró aliviada. Hubiera lamentado no acudir a la cita. El extranjero que conoció en el prado la había invitado, haciendo gala de modales decimonónicos, a visitar la residencia que alquilaba por los pocos días que estaría en la ciudad. Quería enseñarle una estatua que, aseguraba, se parecía misteriosamente a ella.
                Ya frente a la escultura, que descansaba al pie de la escalinata central del salón, Rossi debió admitir que sus rasgos tenían algo en común. No era extraño, después de todo. A través de su bisabuela materna seguramente compartía un remoto origen genético con la joven toscana que un siglo antes había servido de modelo al escultor. Sonrió y esbozó algunas frases amables con respecto al bloque de alabastro que se erguía imperturbable ante ellos. Aunque se esforzó en no demostrarlo, se sentía sutilmente halagada por la cortés insistencia de su anfitrión en destacar su improbable perfil de divinidad etrusca. Él, con exquisita formalidad, continuó mostrándole piezas de colección mientras disertaba arrastrando las vocales, cantándolas casi.
Dirigía un museo de provincia en las afueras de Florencia y viajaba en busca de objetos que la alta burguesía rioplatense hubiera traído de la Europa del novecientos para adornar sus mansiones. Pasaría un fin de semana en Montevideo antes de continuar su peregrinación hacia Buenos Aires. Cómo habría hecho para descubrir esa casa antigua, esa joya arquitectónica enclavada en pleno Pocitos, se preguntó Rossi, mientras una deformación profesional la inducía a calcular los metros cuadrados y a multiplicarlos por los dólares que cualquier empresa constructora estaría dispuesta a pagar por ese espacio privilegiado. Tal vez la finca fuera propiedad de un anciano excéntrico que se resistía a venderla y la rentaba por breves períodos a diplomáticos o a selectos visitantes del exterior. Era inevitable, de todos modos, que tarde o temprano una compañía de demolición arrancara los paneles de roble que cubrían las paredes, hiciera trizas los vitrales y fragmentara en pedazos la balaustrada de mármol contra la que se apoyaba en ese momento. Pero al menos por ahora la inquietante morada seguía allí, inmutable, resistiendo los embates de la modernización costera de la ciudad. Incluso ellos dos, departiendo cordialmente al pie de un lienzo que representaba en clave dieciochesca una escena pastoril, parecían haber evadido las coordenadas del tiempo para permanecer estáticos, ajenos al devenir de los siglos.
                El italiano era dueño de una sofisticada cultura que evitaba ostentar. Dosificaba la erudición de sus comentarios con una naturalidad encantadora. Rossi, más diestra en el manejo de las cifras que en las disquisiciones estéticas, trataba de seguirlo lo más decorosamente posible, y si alguna de sus tímidas observaciones había errado por un siglo o dos, su educado interlocutor no dio señales de advertirlo. Por el contrario, parecía interesado y comenzaba a cortejarla con una elegante reserva. Su mirada flotaba en torno a ella, envolviéndola en una atmósfera de tenue seducción. Acostumbrada a soportar diversas modalidades de asedio masculino, Rossi se sintió complacida por la refinada displicencia del anticuario. Volvió a sonreír, lo que no era habitual en ella. Acercó la copa a sus labios y paladeó los matices silvestres de un vino oscuro como la tierra, degustando un lejano eco mediterráneo.
                Más tarde, mientras cenaban a la luz de los candelabros, volvió a pensar que había algo incierto en ese hombre, una nota indefinible que no dejaba de intrigarla. Creyó intuir que no buscaba sólo obras de arte. Aficionada a las novelas de espionaje, Rossi no tuvo reparos en entregarse a las más extravagantes conjeturas acerca de las actividades del enigmático florentino. Inteligencia internacional, tráfico de piezas arqueológicas, análisis criptográficos. Sin embargo, su apariencia vagamente arcaica y el aire un tanto anacrónico de sus modales evocaban otra clase de investigación. El paradero del Santo Grial, por ejemplo. La idea de que alguien pretendiera encontrar el cáliz sagrado en un rincón de Montevideo la hizo sonreír. El hombre le devolvió la sonrisa, no sin un destello de interrogación en la mirada. Rossi vaciló, bebió otro sorbo de vino y se arriesgó a confiarle, en un tono ligero, sus inquietudes esotéricas. No muy sorprendido, su anfitrión le contestó que sí perseguía algo especial, aunque no se trataba del tesoro de los templarios ni de los arcanos de la rosacruz. La conversación derivó hacia temas ocultos, remontándose a ceremonias rituales de pueblos indoeuropeos y a cultos precristianos que sobrevivían, intemporales, en algunas zonas de Italia. Brindaron una vez más por los espíritus paganos de la tierra y entre miradas oblicuas y versos de Petrarca apenas susurrados, la velada fue transcurriendo. Rossi practicaba, como era su costumbre, un juego elusivo al que él se plegó sin dificultad, aunque no lograra encubrir del todo las ráfagas de deslumbramiento que encendían de a ratos sus pupilas. Pasaban las horas y la imprecisa sensación de haberlo conocido antes se acentuaba. Recuerdos muy antiguos, perdidos en las brumas del tiempo, pugnaban inútilmente por salir a la superficie.
………
                El coleccionista continuaba su viaje y la había citado para despedirse. La esperaba impaciente en el lugar donde se habían conocido. Aunque más parco que durante la noche anterior, la recibió con una actitud que rozaba lo reverencial. Una niebla brotaba de la tierra, como si el prado respirara y los envolviera en su aliento. Rossi sintió un frío que congelaba sus pies y ascendía por sus piernas y su torso, paralizándola. La circulación de su sangre se hacía más pesada y amenazaba detenerse. Extendió su brazo e inclinó su rostro para mirar las hojas de hiedra, trenzadas, que el hombre acababa de entregarle. Observó con tristeza la palidez travertina de su propia piel, la transparencia veteada del mármol en sus dedos. Vio que el anticuario seguía de pie, solo, frente a su cuerpo atrapado en la roca. Reconoció sus pupilas extasiadas, sus labios que parecían musitar una plegaria secreta, como renovando sus votos ante la diosa reencontrada. La antigua divinidad recuperada al fin, tras milenios de búsqueda. Venerada desde tiempos pretéritos y cautiva otra vez, quizá para siempre, de la devoción de sus fieles. El viento de otoño arremolinaba hojas secas en torno a su pedestal.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Breve historia de Maite





            Nadie podría acusar de negligencia a la madre de Maite. Desde que su hija nació, la lleva al médico al menos una vez por semana. Pediatras, alergistas, psiquiatras, diabetólogos, traumatólogos, deportólogos, otorrinolaringólogos. A los quince años, Maite ya ha dejado su sangre en varios laboratorios de Montevideo e incluso de Buenos Aires.
            Ahora, precisamente, una amable enfermera está perforando una vena de su brazo derecho. Un nuevo hemograma para descartar, o no, la remota posibilidad de que Maite haya contraído algún virus que le permita a su madre disfrutar de unas horas de protagonismo entre sus amigas.
La madre de Maite está decidida a tener una hija perfecta. Los mejores médicos, los mejores colegios. Espera de ella una respuesta acorde a su devoción: amor incondicional, sumisión absoluta y una carrera brillante.

......

                   Cuando extiende la mano para recoger las llaves del auto, la madre de Maite viste una gabardina gris, lleva las uñas pintadas de rosa y luce varias pulseras de oro que tintinean como si fueran monedas. Ya está atravesando la puerta del jardín para dirigirse al garage cuando siente que Maite baja corriendo por las escaleras. En pocos segundos asume que no tiene escapatoria y se prepara mentalmente para salir lo más airosa posible de la situación.
                   Una de sus estrategias para eludir preguntas incómodas, es enfrascarse resueltamente en una tarea innecesaria. Durante los minutos que dura el discurso de su hija, ella se entretiene arrancando hojas marchitas de las plantas que encuentra a su alrededor. Después comprueba que no haya mensajes o llamadas perdidas en su celular y finalmente alude a un compromiso impostergable y se despide con un roce en la mejilla.
                   Esa tarde, mientras disfruta de una reunión del círculo de diseño floral, siguen flotando en su memoria frases inconexas en las que Maite le reprocha injustamente algunos supuestos errores que ella no recuerda haber cometido.
                   Para lograr una combinación equilibrada de flores y follaje, inserta varias hojas de eucaliptos en la espuma floral hidratada. Descarta los claveles y elige los lirios.
                   El gran problema de los hijos es que tienen vida propia. Se mueven, dicen cosas, piensan.
                   Maite había sido adorable hasta los cuatro o cinco años. Después fue volviéndose sucesivamente difícil, molesta, rebelde. Ahora, a los quince, es una adolescente intratable.
                   ¿Una rosa blanca? O varias rosas matizadas.
                   Con el pretexto de vivir para su hija, la madre de Maite vive de su hija. Se alimenta de sus logros, se adueña de sus experiencias y formula sus proyectos. Los proyectos que esta señora formula no son malos, al menos en su opinión. Son viables, sensatos y ambiciosos hasta un grado razonable. Tienen en cuenta tanto las capacidades como los límites de Maite y combinan ingresos potencialmente elevados con una cuota de motivación personal.
                   ¿Helechos? ¿Astromelias? Rizomatosa perenne.
                   El único punto débil en esta perfecta ecuación es la propia Maite. Considerada en su momento una niña prodigio, Maite ha cambiado. Ya no acepta las decisiones de otros sin protestar, no busca aprobación ni escucha sugerencias. Su promedio de notas ha bajado y cada vez le cuesta más sostener un rendimiento curricular aceptable, lo que puede afectar seriamente su futuro. Tiene amigas extrañas, se encierra con llave en su cuarto y se comunica con medio mundo por mensajes de celular. Ha creado varias cuentas de facebook y de twiter que su madre no logra controlar.

......


Esfera dorada, caja en cristal de zafiro y correa en piel de caimán. Un reloj pulsera, un par de gemelos de oro, un traje de buen corte, un ejecutivo de edad madura. El padre de Maite. A su lado, la madre de Maite.
Ambos forman una exitosa sociedad conyugal con fines de lucro. Poseen una hermosa casa en Carrasco, tienen cuentas bancarias en varios paraísos fiscales, veranean en Punta del Este y van a misa casi todos los domingos.
Como padres responsables que son, también se preocupan razonablemente por el futuro de su hija.

......

Jimena no se lava los dientes.
Nunca.
Así les devuelve a sus padres los años de ortodoncia a que la sometieron cuando era niña. En cuanto a Camila, podría ser una chica muy bonita si se ajustara a ciertos preceptos básicos. Lo único que se espera de ella es que esté dispuesta a quemar su pelo con una plancha eléctrica, a sujetar sus senos juveniles con aros de alambre y a cambiar el calzado deportivo que usa habitualmente por sandalias con tacos de ocho centímetros de altura. La tercera en discordia, Florencia, es conocida por negarse a exponer su piel a los rayos del sol. Además, para desconcierto de su familia, Florencia es abstemia y vegetariana.
Consternada, la madre de Maite evalúa a las amigas de Maite. Ella no recuerda haber sido tan difícil en su propia adolescencia.

......

            Un elegante vestido con una mujer adentro.
La madre de Maite tiene esa noche un compromiso social importante. Se casa la hija del socio del padre de Maite.
El vestido que estrena para esa fiesta es clásico y sexy al mismo tiempo. Está perfectamente maquillada y cubierta de joyas.
Antes de salir se mira al espejo.

…...

                   Un golden retriever para una familia ideal. Cualquiera sabe que un perro de pedigree es el elemento indispensable para completar un perfil de facebook.
                   Poison, Death, Sabbath. Los nombres que Maite propone son descartados de un plumazo por su madre, que prefiere algo más divertido, como Honey, o Trixie.
                   Los papeles de Trixie, o Honey, están en regla. Pasaporte de vacunación, constancia de las desparasitaciones realizadas, certificado de libre de displasia en cadera y codos, libre de taras oculares. Garantía de un año ante problemas congénitos. Todo firmado por un veterinario.
                   El golden retriever, de origen escocés, es ideal por su naturaleza amable, su inteligencia y sus buenos modales. Su pelaje combina con el cabello de la madre de Maite. Con la tintura que usa para su cabello, en realidad. Dorado con reflejos cobrizos.
                   Esta mascota es un miembro más de la familia. Una especie de vitamina emocional, que provee de amor genuino y sin condiciones. Cariñoso, obediente, protector. No es un buen guardián, sin embargo, debido a su temperamento sociable.
                   Amante de los deportes acuáticos.

......

            Una gran casa con una familia adentro. La casa está ubicada en uno de los mejores barrios de la ciudad. Un barrio privado con personal de seguridad y sistemas de alarma.
            En la planta baja están la recepción, la sala, dos baños, la cocina con breakfast y un comedor diario con salida al jardín. En el jardín hay una pérgola con plantas colgantes, una piscina climatizada con un divertido manantial en una de las esquinas, una barbacoa con parrillero y horno de pizza. Al fondo, una cochera con capacidad para tres autos.
            En la planta alta hay un estar íntimo, tres baños completos y cinco dormitorios, uno en suite con estufa a leña, vestidor, hidromasaje y sauna.
            Para cortarse los antebrazos, Maite se encierra bajo llave en el cuarto de servicio. 

......

                   Mermelada dietética, carnes magras, harinas integrales, lechuga sin condimentar. La madre de Maite se ha propuesto adelgazar al menos tres quilos. Es la única forma de poder usar bikini ese verano.
                   Entre las inyecciones de bótox, los regímenes para adelgazar y las rutinas del gimnasio, a esta señora se le va la mayor parte del día. Para su pasatiempo favorito, los diseños florales, tiene que robarle horas a la siesta.
                   Su vida es un sueño, pero de otro.. O de otros.
                   Su matrimonio, el jardín de su casa, el barrio en el que vive, la fotografía con su traje de novia e incluso sus hobbies, todo responde a deseos y expectativas ajenos. 
                   Aunque no es muy consciente de este hecho, la madre de Maite ha logrado rescatar algunos espacios personales. Fue ella quien eligió el color de las cortinas, por ejemplo. También eligió el modelo de grifería de los baños y la disposición de los sillones en el cuarto de estar.

......

                   Cuando su tercer intento de suicidio fracasa, Maite decide hablar con su tía. Su tía Julia está alejada de la familia desde hace tiempo. Un buen día, sin dar muchas explicaciones, tomó distancia y nunca regresó.
                   Cortándose las venas, Maite consigue llamar la atención de algunos adultos. Su pediatra, el cura de la parroquia, algún profesor, comienzan a vislumbrar lo que realmente sucede en esa casa. El único que sigue sin descender a la realidad es su padre, que desde hace unos años ha fijado su residencia principal en la clase ejecutiva de American Airlines.
                   Al recibir el llamado de auxilio, la tía Julia queda algo desconcertada. Apenas conoce a su sobrina, pero le han dicho que es una chica brillante. Entablan contacto a través de una cuenta que Maite abrió en facebook con el nombre de Lady Poison, y comienzan a mantener correspondencia.

......

                   Analista económico. Consultor independiente. Asesor financiero. Master en planificación fiscal. Especialista en políticas tributarias. 
                   El padre de Maite tiene un excelente curriculum, pero su mejor carta de presentación es la envidia que le profesan sus colegas.
               Amasar su considerable fortuna le llevó cierto tiempo. Todavía estaba en la universidad cuando comenzó a tejer la compleja red de conexiones y complicidades que fue desarrollando con los años. Una telaraña tan tenue que resulta inasible.  
                   En sus negocios, el padre de Maite practica una política inclusiva. Cualquiera que esté dispuesto puede ser un eslabón más en su alegre cadena de sociedades anónimas. No hay barreras sociales ni culturales en la incesante búsqueda de firmas de confianza. Amigos, amantes, colegas, parientes pobres, empleados, vecinos, hay oportunidades para todos. Las tías solteras y las cuñadas con desequilibrios emocionales también son bienvenidas. 
                   Coartadas morales nunca faltan. En definitiva, piensa el padre de Maite mientras paladea un whisky de una sola malta, la evasión de impuestos es un recurso legítimo de los más inteligentes para evitar ser saqueados por las grandes masas de perdedores.

......

                   Un ombligo con una mujer alrededor.
                   Complacida, la madre de Maite contempla su cuerpo en el espejo. Una dieta rigurosa, las disciplinas del gimnasio y algún toque de liposucción han surtido el efecto esperado. Está estrenando un bikini color naranja que deja al descubierto zonas de la anatomía que pocas mujeres de su edad pueden darse el lujo de exhibir.

......



miércoles, 21 de diciembre de 2016

BAJO EL SIGNO DE CÁNCER (I)

                        


…cortes tomográficos de tórax, abdomen y pelvis. Contraste intravenoso y vía oral. Se comparó con estudio anterior.
Datos clínicos: cáncer de mama. Control.
Hallazgos:
Tórax:
…múltiples imágenes nodulares de sustitución parenquimatosa de pequeño volumen, difusamente distribuidas en ambos campos pulmonares, predominando en vértices y bases, con aspecto de lesiones secundarias.
...
Pasé el día leyendo, recostada en el sofá. El teléfono sonó dos o tres veces pero no pude atenderlo. La quimioterapia me provoca un gran cansancio, además de un malestar permanente. Por más esfuerzos que haga, no siempre consigo levantarme. Algunas mañanas logro llegar hasta el sofá del living y allí me quedo, en camisón, descalza. Mi piel está gris y se ha cubierto de manchas marrones.
Me sangran las encías.
            ...
Persisten signos de fibrosis visualizados en estudios anteriores.
No hay evidencia de colecciones patológicas intratorácicas. No se observan adenomegalias en el mediastino.
...
            Tengo sed, pero el agua me deja un sabor metálico en la boca. Lo único que puedo beber es té frío. Té de carqueja, marcela o aloe, bien frío. Los pocos alimentos que mi organismo tolera -jamón magro, arroz blanco, zapallo hervido- tienen gusto a cartón.
            Los perfumes huelen a bichos muertos.
...
Abdomen y pelvis:
El hígado presenta áreas hipodensas que se realzan en su periferia con el contraste y que se interpretan como posibles lesiones metastásicas, la de mayor volumen en el segmento IV, existiendo otras áreas sospechosas de lesión en segmentos VI y VIII, que dan aspecto inhomogéneo al parénquima.
...
Juana viene todos los días a las ocho. Entra con su propia llave, confirma que estoy viva, hace la limpieza y se va.
...
El bazo y el páncreas no presentan alteraciones. Las glándulas suprarrenales son normales. Riñones sin signos de uropatía obstructiva. No hay alteraciones en sus parénquimas.
...
Recibo llamadas de apoyo todo el tiempo. La gente me pasa datos importantes sobre nuevos tratamientos, recetas mágicas y curas milagrosas. Yo escucho con atención y tomo nota de todo lo que me dicen. Después guardo los papeles en cualquier lugar y nunca vuelvo a encontrarlos.
...
Se observan además alteraciones estructurales óseas con áreas de hipodensidad que dan aspecto de lesiones líticas en vértebras lumbares y sacro y en huesos de pelvis.
...
Martín está viviendo con su padre, pero algún que otro fin de semana viene a quedarse conmigo. Se viste de negro y lleva una cruz invertida colgando del cuello. Me abraza, juega con mi peluca y canta –o eructa, más bien- canciones de black metal. También se burla de los políticos que vemos en el noticiero de la tarde.
No sé cuánto sabe Martín. Yo no he sido muy explícita y él no pregunta. Sé que sabe, pero no sé cuánto.
Cuando hablamos, evita mirarme.
...
En suma:
Control evolutivo con lesiones nodulares múltiples en ambos campos pulmonares.
Alteraciones en el parénquima hepático con aspecto de lesiones metastásicas.
Signos compatibles con secundarismo óseo vertebral y pelviano.
Setiembre 2007.
...
Tras dos semanas de diarrea y vómitos, mi cuerpo está exhausto, agotado, exprimido. Apenas puedo mantenerme en pie. El médico me examina y decide internarme de inmediato.
En la clínica paso la mayor parte del día mirando por la ventana. Cuando alguien trata de entablar una conversación conmigo, abro un libro cualquiera y finjo leer.
Permanezco internada unos quince días, hasta que logran recuperarme lo suficiente para continuar el tratamiento.
 Después de varias dosis de quimioterapia, la metástasis retrocede. La última tomografía muestra al hígado y a los pulmones sin evidencias de secundarismos. Por el momento, claro.
Ya casi había olvidado lo que era levantarme sin náuseas, sentir el sabor de la comida, tomar una copa de vino. El pelo aún no crece, estoy pálida y me han prohibido el sol. Lo único positivo en mi aspecto más bien grisáceo es que estoy muy delgada.
Me pruebo un pantalón que hace tiempo que no uso y me miro al espejo de frente y de perfil, disfrutando de mi nueva silueta.
                                                     
                                   
                                   DOS AÑOS DESPUÉS


Un análisis detecta imágenes de concentración patológica del radiotrazador en el mediastino y en una vértebra lumbar.
Como no tengo fuerzas para afrontar otra serie de quimioterapia, me están aplicando unas inyecciones que bloquean las hormonas con el propósito de aislar las metástasis. Es una medicación que no tiene efectos secundarios ni produce ningún tipo de malestar.
 4 de marzo de 2010. En estos días tengo que hacerme una tomografía de tórax, abdomen y pelvis, para evaluar la situación.
15 de marzo. El resultado de los análisis sugiere que nunca sufriré de demencia senil. Tampoco de incontinencia senil y ni siquiera de senilidad. Es improbable que muera de un infarto o de lupus sistémico, o que enferme de esclerosis múltiple.
...
Son las diez de la noche y estoy tragando, uno por uno, los comprimidos de capecitabina que debo tomar después de la cena. Se trata de unas pastillas grandes y rosadas que caen como bombas expansivas en mi estómago. Este tratamiento no produce tantas náuseas como los anteriores, pero sí un decaimiento que me impide caminar e incluso estar de pie. Apenas puedo trasladarme de mi cama al sillón del living y viceversa.
Martín está en el club, jugando al fútbol, y yo estoy mirando televisión. Dentro de unos minutos, cuando las pastillas terminen de descender por el esófago, me voy a acostar.
...
Segunda pastilla del séptimo día del primer ciclo de la tercera serie, con un vaso de agua. El teléfono suena todo el tiempo pero no lo atiendo. A veces escucho los mensajes de voz que quedan en el contestador automático, o leo los mensajes de texto que me envían al celular.
Para comer hice pollo al horno con papas. No he perdido aún el apetito, de modo que trato de alimentarme lo mejor posible y así generar reservas para los momentos difíciles.
Hoy se llevaron a cabo las elecciones universitarias. Traté de ir a votar, pero después de bañarme no logré juntar fuerzas para vestirme y salir, de modo que supongo que tendré que pagar una multa.
Estoy nerviosa porque un día de éstos debo hacer un retiro bancario. Tengo dinero aún, pero es alarmante ver cómo decrece el saldo de mi cuenta. Desde que me enfermé, mi caja de ahorros sólo registra egresos.
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Martes de noche. Le estoy explicando a Martín cómo cocinar un guiso de lentejas, pero la tos me interrumpe constantemente. Es una tos breve, seca, que comenzó hace más de un mes y que supongo está relacionada con la metástasis en los pulmones. Martín se concentra en la sartén. Revuelve la salsa con una cuchara de madera, agrega algún condimento, sube o baja la intensidad del fuego.
Yo sigo tosiendo. Al final me encierro en el baño y lo dejo que termine como pueda.
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            Estoy tomando el desayuno. Un vaso de yogur y dos tostadas. Quince minutos después comienzo a tragar los tres comprimidos de la mañana del noveno día del primer ciclo de la tercera serie. Hoy vamos a ir al banco. Tenemos que sacar dinero para pagar la contribución inmobiliaria, el teléfono, la luz y la sociedad médica, y también hacer un trámite que habilite a Martín a hacer retiros por su cuenta. Espero poder mantenerme en pie el tiempo necesario para completar estas gestiones. Por suerte no hace demasiado calor, lo que me bajaría aún más la presión, ni demasiado frío, lo que resultaría incómodo. Estamos a fines de marzo, comenzando el otoño, y el clima está muy bien.
Logré bañarme y vestirme. Me puse un trajecito gris muy elegante, el único problema es que los pantalones me quedan demasiado flojos. La última vez que los usé no pasaba esto. Pensé en maquillarme, pero no quise gastar las pocas energías que me quedan mirándome al espejo, de modo que tengo un aspecto más bien sobrio. El pelo aún no se ha caído, aunque ya perdió el brillo y la fuerza. Me lo recogí en la nuca con un broche de carey, para estar más cómoda.
Martín está explorando las potencialidades del estilo trash (¿o thrash?). No del trash original, sino de una versión propia. Su ropa no es inadecuada para vagar durante la noche por la Ciudad Vieja, pero es imposible que vaya vestido así al banco. Se lo digo, se ofende, protesta, hasta que al final accede a normalizar un poco su aspecto.
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Por estos días he decidido no pensar. No pensar en el futuro, ni en el pasado, ni en mis aciertos, ni en mis errores, ni en lo que debería o no debería hacer o haber hecho, ni en las estadísticas, ni en las probabilidades a favor o en contra. No es fácil para mí no pensar, pero como ejercicio es entretenido. Concentrarme sólo en el aquí y ahora, en lo denotativo, lo cotidiano, lo literal. Por ejemplo: está hirviendo el agua, son las diez y diez de la mañana, espero que el mate no me cause acidez de estómago, tomo la tercera pastilla rosada, suena el teléfono pero no lo atiendo, ahora suena el celular y tampoco lo atiendo, tengo que comprar gelatina de manzana para el desayuno, abrir la llave del gas y meter la cabeza en el no, esto no, revisar la cuenta del almacén, hacer el pedido a la farmacia, pelar las papas para el almuerzo.
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Son las cuatro de la tarde y acabo de levantarme. Desayuné un pedazo de torta de carne que sobró de ayer. Hago un relevamiento de la cocina y anoto que faltan galletitas, salsa de soja, bananas -que tienen mucho potasio-, leche descremada, arroz parbolizado y otras cosas. Debería ir al supermercado para un reabastecimiento, pero no tengo ganas de salir. Sobre todo porque antes de salir debería vestirme y lo que es peor, peinarme. El pelo aún no se ha caído, pero ya perdió el brillo y el movimiento natural. Pasar un peine tal vez provoque el desprendimiento de algunos mechones y aunque tengo una peluca y varios pañuelos y boinas, no me siento con ánimos para enfrentar esa situación. Prefiero encargar lo más indispensable a un pequeño almacén que está a pocos metros de aquí. También tengo que llamar a la farmacia y pedir una crema especial para las palmas de las manos y los pies, que comienzan a despellejarse a causa del tratamiento.
Encontré un virus en la laptop. Un virus no muy peligroso llamado cookie o algo así. Le pasé el Norton y quedó en cuarentena. Séptima y última pastilla por hoy.
Una de las cosas que más extraño en estos días es el mate, pero el mate y la quimio no combinan bien. Compré una yerba extra suave que no ataca el estómago ni altera los nervios, pero aun así la sensación del agua caliente atravesando la garganta y bajando por el esófago no me resulta agradable.
Me duele la pierna derecha por la inyección que me aplicaron ayer. Estas inyecciones homeopáticas refuerzan mis defensas, me ayudan a tolerar los efectos negativos de la medicación y en las series anteriores me permitieron recuperarme después de terminado el tratamiento. Recuperarme de las diarreas, los vómitos, la deshidratación, la pérdida de peso, de potasio, de magnesio, etcétera.
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No pegué un ojo en toda la noche, recién comencé a dormitar a eso de las siete de la madrugada. Primera pastilla del undécimo día del primer ciclo de la tercera serie, con un sorbo de agua. Acabo de desayunar un sándwich de jamón con un vaso de leche y estoy de muy mal humor. Tengo que ir al supermercado, donde me espera la propaganda anti tabaco. Es una propaganda que nos recuerda a los enfermos de cáncer que vamos a sufrir una agonía lenta y dolorosa. Los carteles están dispuestos en torno a las Cajas, de modo que es difícil eludirlos.
Antes de salir, me peino con extremo cuidado. Hasta ahora no he perdido ningún mechón de pelo.
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Múltiples imágenes nodulares pulmonares a nivel bilateral con franco predominio derecho. No hay áreas de consolidación, enfisema ni bronquiectasias. No vemos colecciones pleurales.
Adenomegalia paratraqueal alta a derecha y a nivel de la ventana aorto pulmonar.
Hígado de forma y tamaño habitual con múltiples lesiones hipodensas difusamente distribuidas en ambos lóbulos, compatibles con secundarismo.
Conclusiones:
Imágenes nodulares pulmonares y hepáticas, posiblemente correspondientes a secundarismo.
Adenomegalias mediastinales.
15 de marzo 2010.
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Comprimido número dos del día doce del primer ciclo de la tercera serie. Me quedan dos días de esta etapa, o sea, hasta el jueves incluido. A continuación descanso una semana, hago un hemograma de control, veo a mi médico y comienzo el segundo ciclo.
Después de casi cuatro años de usar exclusivamente ropa negra, Martín se compró una camiseta blanca. Ahora se la está probando frente al espejo, desconcertado. Dice que fue un impulso que no sabe cómo explicar.
Hoy vence la cuota de los gastos comunes. Este año tengo dos agendas, una negra y una roja, que trato de usar simultáneamente porque no pude decidir con cuál de ellas quedarme. En la negra anoto los asuntos médicos y en la roja todo lo demás, lo cual es bastante absurdo y requiere doble trabajo.
He vuelto a tomar mate. Decidí que el ardor de estómago que provoca es tolerable y se compensa con el beneficio de ayudarme a ingerir la cantidad de líquido necesaria para ir eliminando los residuos de la medicación. Además, me revitaliza un poco. Esto tal vez es imaginario pero funciona.
Tendí la cama por primera vez en varios días.
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Son las nueve de la mañana. Martín y yo estamos sentados en el balcón, pesando los pro y los contra de ir al supermercado de Avenida Italia en lugar del más pequeño de la calle Tacuabé. El primero tiene más ofertas pero es demasiado grande para que yo pueda recorrerlo a pie, mientras que el segundo me provoca una sensación de encierro que se parece a la claustrofobia. Las verduras son más frescas en el primero, la carne es mejor en el segundo, el primero tiene una farmacia en la que puedo comprar algunas cosas que preciso, pero esas cosas también las puedo pedir por teléfono a la farmacia de la esquina, de donde me las traen en quince o veinte minutos sin costo adicional.
Pasamos el resto de la mañana definiendo otras prioridades. ¿Brócoli o espárragos? ¿Huevos de Pascua o duraznos en almíbar? Yo me inclino por los duraznos, Martín por los huevos. ¿París o Egipto? Acordamos que cuando me recupere, iremos al Louvre a ver momias egipcias. Las pirámides las dejaremos para más adelante.
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Estoy tomando un licuado de banana con leche. Dentro de unos quince minutos empezaré a tomar las tres pastillas que siguen al desayuno. Falta sólo un día para terminar este ciclo y aún no se me ha caído el pelo, ni tengo diarrea, ni me bajó la presión.
Además del pelo, con la quimio suelen caerse también las pestañas y las cejas. Pienso comprarme un grueso delineador negro para resaltar mis ojos cuando eso suceda.
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…función sistólica del ventrículo izquierdo normal, normal, normal, normal, derrame pericárdico posterior.
Busco esto último en google y encuentro que la etiología más frecuente del derrame pericárdico es maligna, dentro de la cual el cáncer de pulmón (40%) y el de mama (23%) son los más comunes.
Me parece que estoy mejor de la tos. No estoy segura, pero creo que hoy he tosido un poco menos.
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Pasé la mañana en el balcón, el tiempo está espléndido. Hace ya cuatro meses que nos mudamos a este apartamento en el Parque de los Aliados, creo que ahora le dicen Parque Batlle. Estamos justo frente al Hospital Italiano, a pocos metros del obelisco y a una cuadra de la Terminal Tres Cruces.
Es un apartamento de apenas sesenta metros cuadrados, pero muy cómodo. Lo mejor es que tiene servicio de portería las veinticuatro horas del día los trescientos sesenta y cinco días del año, de modo que si Martín no está y yo me veo obligada a pedir una ambulancia, sé que habrá alguien para abrir la puerta. Me pregunto si una silla de ruedas cabrá en estos ascensores tan pequeños. Una camilla seguro que no.
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Duermo toda la tarde, me levanto y me encierro en el baño a vomitar. Después de un rato, salgo con el rostro muy pálido y los ojos rojos. Sin mirarme, Martín me pregunta si estoy bien. Le contesto que sí, claro.
Sé que le estoy exigiendo mucho, pero también sé que él puede responder. Si no lo creyera capaz de sostener esta situación, no se lo pediría.
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Jueves de abril, último día del primer ciclo de capecitabina. Ahora viene un descanso de una semana, un hemograma de control y, si todo sale bien, una nueva dosis de docetaxel, una de trastuzumab y otros catorce días consecutivos de capecitabina.
Aún no se me ha caído el pelo y aunque me siento siempre cansada, creo que he pasado esta prueba bastante bien. He mirado mucha televisión, sobre todo series cómicas.
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Uno de los sensores de luz del pasillo, el que está entre los ascensores y la escalera de incendios, no funciona. Acabo de llamar a la administración para quejarme y una chica muy amable me prometió que hoy sin falta lo arreglarían.
Martín hizo tallarines para el almuerzo, yo los comí con queso y él con aceite de oliva. También ordenó su cuarto y lavó su ropa. Después salió a correr por el parque.
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 Anoche robaron una camioneta estacionada en la puerta del edificio. Ya pagamos la tercera cuota del seguro del auto y está por llegar la factura de UTE.
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Martín está engripado y eso lo tiene de mal humor. Su gripe ha restablecido el equilibrio de poder en nuestra relación. Hoy él es el enfermo y yo la encargada de cuidarlo. Le tomé la fiebre, le preparé el mate y le tendí la cama.
Me aparecieron unas manchas rojas en las manos.
Hace un rato salí a la calle y fui caminando hasta la panadería. Dos cuadras de ida y dos de vuelta. Compré una rosca con chicharrones para nosotros y unos bombones para el portero, que por estos días está cumpliendo doble turno.
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Martín sigue resfriado. Estornuda y tose todo el tiempo, sus ojos están rojos e hinchados y ha perdido el apetito. Como yo me siento un poco mejor me dedico a cocinar y a ordenar el apartamento, plancho algo de ropa y hago una ensalada gigante con lechuga, zanahoria y tomate.
Una de las manchas de mi mano izquierda sigue creciendo. Hoy amaneció cubierta de una fina cáscara color púrpura. Además, me pica.
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Insuficiencia renal o hepática, hemorragias o alteraciones de las variables de coagulación, cardiotoxicidad, infarto agudo de miocardio, anorexia, astenia, vómitos, ¿eritema acral?, ulceración de las mucosas…
Algunos de los posibles efectos secundarios de la medicación.
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Pasé casi una hora maquillándome frente al espejo. Después de todo tipo de pruebas llegué a la conclusión de que el exceso de máscara de pestañas, delineador, sombra, rubor y lápiz labial sólo consigue hacer más evidentes los estragos causados por el tratamiento, de modo que terminé por lavarme la cara con agua y jabón.
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            Recibí una llamada de Fran. Conversamos un rato, muy civilizadamente.
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Martín se levantó mejor y se fue a correr por el parque. No creo que sea lo más saludable después de una gripe tan fuerte, pero no dije nada. Estoy acostada en el sofá, releyendo el último capítulo de Persuasión, de Jane Austen. No he leído mucho en las últimas semanas, tengo la vista muy débil y se me entreveran las letras. A veces tiro para mí misma las cartas del Tarot, ayudada por un manual que me explica el significado de cada figura según el lugar en el que cae. Hago preguntas muy sencillas, como qué ropa ponerme el miércoles próximo para ir a la consulta con el médico, y salen respuestas como “un nuevo empleo, tal vez casual, apunta hacia un nuevo curso de acción”.
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Son las cuatro de la tarde y aún estoy en camisón. Las manchas rojas de mi mano izquierda siguen creciendo y cada vez pican más. La tos, que había disminuido, ha vuelto con mayor intensidad. Sólo puedo controlarla acostándome sobre mi lado derecho y respirando muy lentamente. Así me quedo unas dos horas, quieta, sin agitarme, dejando ingresar apenas un poco de aire en mis pulmones, hasta que me siento mejor.
Hoy no tuve que tomar ninguna pastilla.
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…desarrollan nueva terapia para evitar la metástasis del cáncer de mama / la combinación de una molécula con anticancerígenos podría aumentar la eficacia de los fármacos / develan los mecanismos que permiten a los tumores burlar las defensas / identifican una proteína que evita el desarrollo tumoral en determinados tipos de moscas / científicos suecos descubren por qué es tan difícil encontrar un tratamiento eficaz contra el cáncer / un derivado del brócoli podría frenar el avance de / un estudio avala la eficacia del lapatinib como tratamiento contra / científicos tailandeses aíslan una molécula que / el té verde podría bloquear algunos tumores / una vacuna detiene desarrollo de metástasis en ratones de laboratorio / decodifican genoma del cáncer / los suplementos de espárragos se revelan aptos para / el consumo excesivo de tomates sería la causa de /
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Estoy molesta con Martín porque compró galletitas de sésamo, que tienen mucho calcio, en lugar de galletitas de amapola, que son las que más me gustan. No digo nada, pero me resisto a comerlas.
El teléfono ya casi no suena, ahora recibo emails.
Me paso crema de ordeñe en las plantas de los pies, para prevenir la aparición de ampollas. El pelo ha comenzado a caerse, pero en forma tan pareja que aún puedo salir a la calle sin tener que ponerme un pañuelo o una boina.
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            Martín sigue resfriado. Como yo me siento mejor, nuestra correlación de fuerzas ha cambiado en su beneficio. Ahora él elige la comida y maneja el control remoto del televisor. Cada tanto estornuda y disemina agentes patógenos por toda la casa. Se lo hago notar pero no me contesta.
Fui a sacarme sangre para un hemograma. Contra todas mis expectativas, la extracción fue impecable.
Hoy casi no tosí.
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Desde que decidí no pensar me siento mejor.
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Tengo consulta con el médico. Es un control previo al segundo ciclo de quimio, que debe comenzar el viernes.
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Puse a hervir unos fideos para el almuerzo y me olvidé. La cosa no llegó a mayores, por suerte, ya que Martín sintió el olor a quemado antes que la cacerola se fundiera y salvó la situación. No pudo salvar los fideos, lamentablemente.
Este viernes tengo que estar a las ocho y media en el Hospital para la segunda dosis de quimio. La prudencia indica que no debo ir sola y la capacidad de abnegación de Martín tiene límites muy concretos, de modo que debería llamar a alguien del servicio de acompañantes. No me gusta conocer gente nueva ni quiero molestar a mis amigas, todas trabajan y tienen vidas muy ocupadas.
Le prohibí a Martín que escuchara música sin auriculares. Le hablé de mis derechos, de los derechos de los enfermos en general, de los efectos adversos de la contaminación acústica y de otros etcéteras. Tal vez exageré un poco, espero que no me haga demasiado caso. Salió a comprar auriculares y volvió con un CD de música new age para mí.
Ahora está en la cocina lavando vasos y eructando una canción de Guns and Roses. Cuando era chiquito podía eructar el alfabeto entero y también las tablas de multiplicar.
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Hoy me tocó la segunda dosis de quimio. Martín me acompañó y y se quedó durante las tres horas que duró el proceso. Me siento bastante bien, estoy mirando televisión mientras una colita de cuadril se cocina en el horno.
Dexametasona y ranitidina antes del desayuno. Posibles efectos secundarios: disminución de la visión o visión borrosa, nerviosismo, mareos, cefaleas, aumento de la presión sanguínea, molestias gastrointestinales… Poca cosa.
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Me siento muy bien, lo que no deja de asombrarme.
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Estamos haciendo planes para cuando yo me recupere. Quisiéramos ir a Londres a pasar la Navidad bajo nieve, después quedarnos un mes o dos en una cabaña en algún bosque de Finlandia, o de los Pirineos, o incluso de Canadá. Con un buen equipo de música, Internet, televisión y algunos libros. Suponemos que los finlandeses estarán dispuestos a hablar un inglés accesible para nosotros.
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 Vino una amiga de Martín a verlo. Se encerraron en su cuarto durante horas, escuchando música. Ella es muy bonita, usa el pelo largo y lacio y viste de negro de la cabeza a los pies. Se llama Laura, como yo.
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Mi pelo terminó de caer, lo puse en una bolsita y lo tiré a la basura. Por suerte Martín estaba en el club jugando al básquetbol y no tuvo que presenciar el proceso. Cuando volvió yo ya estaba con un turbante azul.
Sé que algún día Martín me odiará por todo esto. Por tantos años de enfermedad y agonía. No será un odio permanente, sólo diversas etapas de resentimiento, frustración, disgusto y rencor que finalmente pasarán.
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Décimo día del segundo ciclo de la tercera serie. Estoy tomando los cuatro comprimidos rosados que siguen a la cena. Los alimentos están perdiendo su sabor y comienzan a parecer algo así como papel. El agua me deja un gusto metálico en la boca. Por suerte no tengo náuseas y nada me cae mal. Tampoco tengo hambre, estoy comiendo sólo por disciplina.
Undécimo día del segundo ciclo de la tercera serie. Abro las ventanas y Martín las cierra, discretamente. Así nos hemos pasado todo el domingo. El síndrome palmo plantar avanza, me duelen las plantas de los pies cuando camino y las palmas de las manos se están despellejando. No sé si podré ponerme zapatos para ir al médico o tendré que usar pantuflas. Tengo los labios cuarteados y sólo tolero líquidos fríos. Suspendí mi sesión de acupuntura y también la de reiki.

               DOS MESES DESPUÉS (MÁS O MENOS)

Miércoles. Voy por el quinto ciclo de quimio, tercera serie. Los marcadores tumorales en la sangre han descendido a la cuarta parte. Esto sugiere que el tratamiento está funcionando, pero sus efectos secundarios y adversos se van acumulando en el organismo y se hace cada vez más difícil lidiar con ellos.
Acabo de ingerir un esbozo, o una propuesta, o una ilusión de almuerzo. La comida ya no tiene sabor a cartón sino a bilis. A bilis saben también la pasta de dientes, los enjuagues bucales, mi saliva, mi aliento, el agua, la coca cola, el pan, las pastillas de menta e incluso las mandarinas.
Siento la tentación de tirar a la basura los comprimidos que debo tomar. ¿Quién se va a enterar?
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Martín vino anoche con otra amiga. Una joven de origen japonés, grácil, de rasgos delicados y cutis de porcelana. No recuerdo su nombre.
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Cuarto comprimido de capecitabina después de la cena. Mi primera serie de quimio fue en el 2005, la segunda en el 2007 y ésta, la tercera, en el 2010. El cáncer retrocede, se mantiene latente un tiempo, y regresa.
Me lavo los dientes, me paso una crema de limpieza por el rostro, me pongo un camisón azul y me meto en la cama acompañada de una antología bilingüe de Emily Dickinson. Al rato la cambio por una novela policial.
Creo que hoy he tosido un poco menos que ayer.
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Las uñas de mis manos se cayeron, una por una, a raíz de una infección provocada por un estafilococo áureo. Ahora están comenzando a crecer de nuevo, pero todo el proceso ha sido incómodo y bastante antiestético. Por suerte estamos en invierno y cuando salgo de casa puedo usar guantes.
Tuve consulta con el médico. Me mandó hacer una tomografía y un centellograma óseo. También dejó entrever la posibilidad de continuar unos meses más con el tratamiento.                Tengo dolor de garganta, tos y aftas en la boca. Las aftas son unas repugnantes ampollas en la lengua y en el paladar, que producen un ardor intolerable y me quitan las ganas de comer y de beber. Hasta lavarme los dientes es un problema.
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Hoy pasé todo el día en la cama, a oscuras. Martín está muy abatido, pero logré convencerlo de que fuera al club a jugar al fútbol.
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Un intenso dolor en los oídos me recuerda que estoy viva. Debería comer algo, pero no tengo hambre. Mañana a las quince y treinta me hacen la tomografía de abdomen y pelvis. Desde ayer estoy haciendo un régimen de comidas que prohíbe la harina, las papas, los boñatos, las lentejas, las frutas y verduras crudas y las gaseosas. También tengo que tomar laxantes y antialérgicos. Martín está en el club jugando al basquetbol. A la vuelta va a pasar por la fábrica de pastas a comprar ñoquis porque hoy es veintinueve.
Veintinueve de julio, hace una semana que terminé la quimio.
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…cortes tomográficos de tórax, abdomen y pelvis con tomógrafo multicorte... Se comparó con estudio previo. Se administró contraste intravenoso.
Datos clínicos: control post tratamiento. Neo de mama.
Hallazgos:
Tórax:
Actualmente no se observan imágenes nodulares tumorales en el parénquima pulmonar.
Se evidencian tractos densos de aspecto secuelar en la base de ambos pulmones.
No se observan adenomegalias mediastinales. No hay derrame pleural. Pequeño derrame pericárdico.
Abdomen y pelvis:
Hígado de forma, tamaño y densidad habituales, observándose la desaparición de las lesiones tumorales evidenciadas en el estudio previo.
Múltiples lesiones sustitutivas óseas en el raquis dorsal y lumbosacro, sin invasión del canal.
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Martín salió anoche con Santiago y aún no ha vuelto. Hace un rato me envió un mensaje de texto diciendo que se quedó a dormir con alguien en alguna parte. Yo pasé una noche horrible. Me duelen los oídos, sigo resfriada, me sangran las encías, sufro de insomnio, aburrimiento y desesperación.
El pronóstico del tiempo indica para hoy una temperatura máxima de ocho grados y una mínima de dos. Son las doce del mediodía y tengo todo el domingo por delante. No quiero salir, no quiero ver a nadie, leer me da jaqueca y la televisión me aburre. La próxima vez que tenga que hacer un tratamiento, voy a aprender a dibujar. En hojas blancas y con lápiz negro, sin colores. Podría bordar, también, o cocinar.
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Martes. Estuve ordenando mi escritorio. Lo primero que hice fue juntar todos los medicamentos autorrecetados que he estado tomando en los últimos días. A continuación los puse en una bolsita naranja y los tiré a la basura. Antigripales, antiácidos, relajantes musculares, antipiréticos, jarabes para la tos, comprimidos de potasio, gotitas para los oídos, antialérgicos y laxantes. A la basura todos. Después lavé la cocina, barrí el living y los dormitorios y planché algo de ropa.
Martín está en la práctica de aikido.
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En griego, cáncer significa cangrejo. Yo lo imagino como una tarántula. Una tarántula que pasea por el interior de mi cuerpo, buscando un órgano donde instalarse para después comenzar a devorarlo lentamente. No sé si la tarántula volverá a caminar o no, pero sí sé que nadie se cura para siempre.
Se trata sólo de vivir un poco más, lo mejor posible. La salud es una ilusión, un acto de fe. Una decisión personal, diría.
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            Entre la menopausia y las antihormonas que he tomado en los últimos años, temo seriamente por mi identidad de género. La calvicie no contribuye a levantarme el ánimo.
            Me miro al espejo y tras un análisis minucioso compruebo que el pelo ha crecido algo así como un milímetro. 
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            Ayer cumplí cincuenta y un años. Cuando me encontraron el tumor maligno en el pecho tenía cuarenta y cinco.
Fue a fines de mayo. Recuerdo que el ginecólogo leyó el resultado de los análisis, me miró a los ojos y tragó saliva. Quince días después me operaron.
            La operación fue un éxito, pero tras darme el alta tuvieron que volver a internarme a causa de una infección. No recuerdo cuánto tiempo estuve en la clínica, todos los días eran iguales y yo tenía fiebre. Apenas me recuperé, comencé mi primer tratamiento de quimioterapia. A eso siguieron unas veinte o veinticinco sesiones de radio.
…conclusión histopatológica / resección cuneiforme y vaciamiento de axila / carcinoma ductal infiltrante de la variedad NOS / émbolos carcinomatosos en espacios hemolinfáticos / macrometástasis submasiva / componente intraductal de alto grado / émbolos carcinomatosos en linfáticos aferentes de la cápsula ganglionar / atentamente / 13 de julio de 2005”.
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No sé qué día es hoy. Viernes, sábado, tal vez domingo. Todos los días se parecen, grises y lluviosos.
Ahora que pasó lo peor, que acabo de ganar una batalla que puede asegurarme unos meses, quizá unos años, de sobrevida, me siento tan cansada que no tengo fuerzas ni para pensar. El gran propósito era detener el avance de las metástasis. ¿Y ahora? Ahora mi situación es óptima, dado el contexto. Es decir que estoy en la mejor condición posible teniendo en cuenta que padezco de un cáncer en estadio IV. Aunque la enfermedad esté en un período de remisión, lo cierto es que no existe una curación absoluta. Tarde o temprano, el cáncer volverá a avanzar. Eso significa que tengo, o puedo tener, unos años de vida por delante. Tiempo suficiente para concretar algún proyecto, siempre y cuando antes logre formularlo.
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Me levanté con un poco menos de tos. Ahora estoy sentada en el sillón del living, tomando mate y escribiendo. En la cocina hay una torre de platos sucios y en el baño una montaña de ropa para lavar. Si decidiera hacer algo, lo que no es probable, no sabría por dónde empezar. Sobrevivir era un desafío tan absorbente, tan demandante, tan abrumadoramente inalcanzable, que ahora que lo logré me siento vacía.
A veces pienso que Martín y yo estamos descolgados de la realidad. Me refiero a la realidad cotidiana del resto de la gente. Las obligaciones diarias, el trabajo, los estudios, los pequeños placeres e inconvenientes de cada jornada.
Es como si nos hubiéramos caído de un tren en marcha y no pudiéramos volver a subir.
...
Mientras tomamos mate y comemos bizcochos, le propongo a Martín vender este apartamento y comprar una casita en un balneario. Noto que no se muestra muy entusiasmado. Para convencerlo, le prometo que podrá tener una batería en su dormitorio y tocarla a cualquier hora del día.
También podríamos tener un perro, agrego. Un ovejero alemán, por ejemplo, o un labrador.
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Las once de la mañana. Hace quince días que terminé el tratamiento. A esta hora solía tomar los tres comprimidos que seguían al desayuno. Durante varios meses, de marzo a julio, estuve aferrada a esa rutina concreta.
La enfermedad ha sido una compañera estable. Mi meta ha sido cuidarme y ganar tiempo. Cualquier tiempo. Una semana, un mes, un año, una hora. Me habitué a no pensar nunca en el futuro. Y aunque las estadísticas indican que probablemente moriré de cáncer, calculo –me permito calcular- que no será enseguida.
En los años que me quedan puedo morir en un accidente aéreo, tener un infarto o contraer el sida. ¿La vida eterna? No estoy segura de querer pasar tanto tiempo conmigo misma.
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Hoy volví a manejar. El auto, tras varios meses sin moverse del garage, no quería arrancar. Tuve que llamar al auxilio. Después fuimos al supermercado, compramos todo lo que se nos antojó y gastamos una barbaridad.
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Necesito desesperadamente un proyecto. Hoy me pasé el día tirada en la cama, bocarriba, con la mirada fija en el cielorraso. Ya no tengo tos, ni estoy resfriada, ni me duelen los oídos. Puedo comer cualquier cosa, nada me cae mal. Tomé una copa de vino tinto y apenas sentí una leve sensación de acidez en el estómago.
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25 de agosto, feriado. Martín está insoportable y yo también. Cocinamos unos ravioles de verdura pero no llegamos a comerlos, yo porque no tenía queso parmesano para acompañarlos y Martín porque por algún motivo perdió el apetito. Ahora estoy sentada junto a la ventana de mi dormitorio, mirando pasar los autos por el bulevar. En unos minutos conté diez autos negros, catorce taxis y ocho ómnibus de Cutcsa. Martín está en la cocina, hablando solo. Una luxación de su dedo meñique le impide por unos días jugar al básquetbol.
Podría anotarme en un taller de plástica y comenzar a pintar al óleo. O hacer un curso de cocina, o de corte y confección. También podría buscar un empleo. A mi edad, con un título en Humanidades y un cáncer con metástasis varias, mis posibilidades son muy escasas.
El objetivo ahora es estar viva para festejar la Navidad. Parece una meta viable y si logro concretarla me plantearé llegar hasta agosto para festejar mi cumpleaños número cincuenta y dos. De la Navidad a mi cumpleaños, de mi cumpleaños a Navidad, así he sobrevivido los últimos cinco años.
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Observando con ojo crítico, debo reconocer que el apartamento está un poco desordenado. Hay ropa de Martín colgando de las sillas del living, zapatos tirados en el corredor que va a los dormitorios, cáscaras de mandarina en mi mesita de luz. Además de libros, en los estantes de la biblioteca hay llaves, papeles sueltos, un candado, mi celular, cajas de medicamentos, el control remoto del televisor, los palos de la batería, monedas, cuentas para pagar, botones. Todo lo que no sabemos dónde apoyar termina en la biblioteca.
Si miro con ojos no tan críticos, nuestro hábitat resulta bastante agradable. Martín se inclina por un desorden confortable en los espacios comunes y un caos absoluto en su dormitorio, al que tengo prohibido entrar. Yo oscilo entre el concepto de orden que tenía mi madre, bastante laxo por suerte, y las nada laxas obsesiones de las mujeres en general. Para alguna de mis suegras, el brillo del parquet o de las cacerolas era una cuestión de vida o muerte. Lo mismo sucedía con la transparencia de los vidrios, y una mota de polvo en un rincón podía desencadenar una crisis de autoestima.
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…cavidades cardíacas de dimensiones normales, válvula mitral de morfología y motilidad normal, válvula aórtica con tres sigmoideas de motilidad normal, normal, normal, función sistólica del ventrículo izquierdo conservada, mínimo derrame pericárdico posterior, saluda atentamente…”
Un ecocardiograma de control. Es una exigencia del Fondo Nacional de Recursos para seguir proporcionándome el trastuzumab. El trastuzumab es un medicamento compuesto por anticuerpos monoclonales que impiden, bloquean o al menos enlentecen el desarrollo de las células cancerígenas y su proliferación en el organismo. Tengo que darme una dosis intravenosa cada tres semanas. Me informaron que el trastuzumab puede provocar problemas al corazón, algo así como dificultar la función sistólica de los ventrículos.
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Estoy tratando de construir una nueva rutina. Una rutina que no gire en torno a los medicamentos y los análisis. La quimioterapia terminó hace ya varias semanas. Me fijo en el almanaque y compruebo que en la noche del veintidós de julio tomé el último comprimido. Estamos a cinco de setiembre y ya no necesito ponerme una boina para salir a la calle.
Martín está saliendo con otra chica. No se llama Laura, tiene algunos años más que él y es profesora de literatura. Aún no la conozco.
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El último hemograma dio resultados impecables. A fuerza de comer bifes de hígado y guisos de lentejas, pude superar la anemia que me aquejaba. Mis pestañas y mis cejas crecen con exasperante lentitud. Me contemplo en el espejo varias veces al día sólo para constatar que, al menos, crecen.
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Domingo. Pasé toda la mañana ordenando el ropero. Saqué la ropa de media estación y la puse a ventilar en la terraza. Las cosas de invierno las guardé en los estantes más altos. Después me bañé y me vestí para ir al supermercado a hacer las compras de la semana, pero cuando estaba por salir me sentí tan cansada que volví a acostarme y pasé la tarde durmiendo. Ya era de noche cuando logré levantarme otra vez. No tengo jabón de tocador ni productos de limpieza, la heladera está vacía y no queda agua mineral. No me gusta beber agua de la canilla, no confío en la limpieza de las cañerías. Después de mucho pensarlo, decido abrir una botella de Malbec que alguien nos regaló hace un tiempo.
Durante la cena, le hablo a Martín acerca de un proyecto que está comenzando a darme vueltas en la cabeza. Puedo notar que trata de disimular un bostezo, pero no me ofendo.
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Conium, lachesis, aloe, dos centímetros cúbicos en ayunas. Marrubio, tres gotitas en un poco de agua antes del almuerzo. Lachesis, aloe, lycopodium, un centímetro cúbico a las cinco de la tarde. Otra vez marrubio antes de la cena.
La curación no existe. Todo se reduce a vivir un día más, y la decisión de vivir hay que volver a tomarla cada mañana.

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