ENTRE LOS ESCOMBROS DEL VERANO QUEDÓ UNA BICICLETA AZUL
También un raspón en la
rodilla, un grillo que pisé sin querer, mis primos que me enseñaron a silbar y
a escupir, una casa que terminó formando parte de un trámite sucesorio -muy
civilizado, aclaremos-, el verbo acampar en el jardín, la mecedora de la abuela,
una tetera de nácar, esponjas y coral. Los bikinis que cada año eran más
diminutos, las manos de un muchacho que temblaban al acariciarme, las pinochas
en el pelo y en la ropa, mis primos menores que amenazaban con contarle todo a
mi madre, mi madre tendida en la hamaca hojeando una revista de modas.
Comadrejas trepándose a los pinos, una lechuza mágica, mi hermana tirada en el
césped molestando a los cascarudos que no molestaban a nadie. Cuerpos
bronceados y luciérnagas en la oscuridad, anillos de compromiso eterno hechos
con pedacitos de cuerda, mi mejor amiga que se convierte en árbol, su piel se
agrieta y se vuelve corteza y sus lágrimas resina. El viento del mar, las
despedidas para siempre, el regreso a Montevideo y el invierno que no terminaba
nunca.
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