viernes, 1 de marzo de 2019

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ENTRE LOS ESCOMBROS DEL VERANO QUEDÓ UNA BICICLETA AZUL

 

            También un raspón en la rodilla, un grillo que pisé sin querer, mis primos que me enseñaron a silbar y a escupir, una casa que terminó formando parte de un trámite sucesorio -muy civilizado, aclaremos-, el verbo acampar en el jardín, la mecedora de la abuela, una tetera de nácar, esponjas y coral. Los bikinis que cada año eran más diminutos, las manos de un muchacho que temblaban al acariciarme, las pinochas en el pelo y en la ropa, mis primos menores que amenazaban con contarle todo a mi madre, mi madre tendida en la hamaca hojeando una revista de modas. Comadrejas trepándose a los pinos, una lechuza mágica, mi hermana tirada en el césped molestando a los cascarudos que no molestaban a nadie. Cuerpos bronceados y luciérnagas en la oscuridad, anillos de compromiso eterno hechos con pedacitos de cuerda, mi mejor amiga que se convierte en árbol, su piel se agrieta y se vuelve corteza y sus lágrimas resina. El viento del mar, las despedidas para siempre, el regreso a Montevideo y el invierno que no terminaba nunca. 

             

                                               GRAFÍAS EN EL AIRE

           

            Una casa en la calle Olivos, cerca de un terreno baldío donde ahora hay una plaza de deportes -la casa ya no existe, la demolieron para construir un galpón-, el perfume del laurel al cocinar un guiso de lentejas, la lista de cosas que hay que reparar en el apartamento - el sifón de la cocina, cuatro tablitas de parquet en el dormitorio, el picaporte de la puerta del pasillo, una de las llaves de luz del comedor-, un bichito de San Antonio paseándose por la mesita de luz y el ritual matutino de saludar al árbol que da a mi ventana -un tipuana de seis pisos de altura que en diciembre se cubre de flores amarillas.

Volver de un viaje -lo que más nos gusta de viajar es volver a casa, abrir la puerta y sentir el aire a nosotros mismos acumulado en las habitaciones-, el hábito de cenar en el balcón los domingos de verano, la cicatriz en el cuello de cuando me extirparon un tumor maligno en los ganglios y que ya cumplió siete años, las cajas y cajas de fotografías en blanco y negro que ocupan varios estantes de la biblioteca, la señora Pérez y sus trámites impostergables.

El timbre que suena ahora, justo ahora, las llaves que sólo existen como mera posibilidad hasta que yo logre encontrarlas, el portero que me alcanza un montón de facturas para pagar, la advertencia meteorológica en la televisión, el sol tibio del invierno y el azucarero que siempre termina en la heladera.




jueves, 17 de enero de 2019

Sobre Teoría Literaria





Claudia Pérez, Microlecturas de literatura lesbiana desde el Río de la Plata. Biblioteca Plural, CSIC, Universidad de la República, 2018.
(El texto que sigue a continuación fue leído en la presentación del libro, realizada en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República)
Como no soy especialista en teoría literaria, en ninguna de sus múltiples vertientes, mi acercamiento a este libro es desde el lugar de una lectora. Este lugar de lectora no especializada tiene ciertos límites, sobre todo en lo que respecta al alcance y la precisión de mis reflexiones, pero también, como contrapartida, me otorga cierta libertad de movimiento que a los especialistas en general les resulta más difícil o más costoso permitirse. La principal de estas libertades es la de equivocarme. La de desviarme, sin mayores consecuencias, de lecturas o interpretaciones que otros receptores de estos textos puedan considerar más certeras, más sofisticadas, o más productivas.
Por otra parte, la modalidad crítica de Claudia permite, avala y hasta induce a asumir una actitud exploratoria a la hora de recorrer estas páginas. A vivir la experiencia de leer como una aventura. Es la de Claudia una escritura que propone sin imponer, sugiere y problematiza. Abre interrogantes y plantea cuestiones, eludiendo la tentación de señalar soluciones. En este libro se exploran caminos a veces divergentes entre sí, se buscan intersecciones o afinidades y se problematizan las diversas respuestas posibles. Esta forma abierta de crítica, o esta forma de crítica abierta, valora la diversidad más que la dicotomía, aprecia el espacio indeterminado, la frontera, más que los términos de una oposición binaria. Es la puesta en marcha de un proceso que invita al lector a participar y a involucrarse, a reformular y reescribir,  actuando como un receptor productivo.
La selección de escritores que se analizan cubre un espectro amplio, tanto desde el punto de vista histórico como geográfico. Cristina Peri Rossi, Marguerite Yourcenar, Marcel Proust, Sylvia Molloy, Nancy Bacelo, Safo. Entre otros.
En la introducción, que es muy breve, se aclara el propósito del libro, anunciado desde el título. Evidenciar los signos de una escritura de impronta lesbiana. Estudiar, a través de casos puntuales, cómo las mujeres cantan o narran su amor por otras mujeres. Qué estrategias discursivas utilizan, cómo se apropian de códigos pertenecientes al discurso erótico tradicional y los emplean de manera creativa, desde qué lugares hablan, cómo enturbian los límites entre las categorías heredadas, asumiendo a veces un yo escritural masculino y a partir de qué procedimientos van construyendo su propio objeto del deseo. Para explorar estos temas, Claudia toma determinadas prácticas discursivas y las analiza en profundidad. De ahí el uso del término microlecturas. Una lupa se detiene en una palabra, o en una frase, y la analiza exhaustivamente, enfocándola desde diversos campos teóricos. No para reducir la polisemia del texto, sino para disfrutarla. No para simplificar, sino para enriquecer. A través del análisis de una temática, o del tratamiento del yo lírico o narrativo, se buscan rasgos “reconocibles, identificables y visibilizantes de lo encubierto”. Los textos seleccionados son aquellos que se separan o “diverten” del canon, dando cuenta de posiciones homoeróticas.
En el prólogo al libro Crayencour, Hadrianus, la tesis de Claudia Pérez sobre Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, Roger Mirza ha señalado algunas características de la escritura de Claudia que están presentes también en estas microlecturas. Cito algunas de esas características mencionadas por Mirza: “fina sensibilidad literaria, abundante bibliografía, gran solvencia teórica, sutileza”.
            Un primer acercamiento deja en evidencia que estas lecturas eluden cualquier intento de simplificación. Cada palabra y cada frase abren diversas posibilidades de análisis, inician múltiples caminos, senderos mejor dicho, ya que éste es el término elegido por la autora. Es un proceso recurrente, porque esos senderos laterales se siguen abriendo. Y prefiero no decir que se bifurcan, ya que el término bifurcarse contiene en sí mismo una concepción y un origen binarios. Un lector no especializado en esta disciplina, como es mi caso, tal vez no pueda transitar todos esos senderos posibles. Lo que podemos hacer esos lectores es efectuar a su vez una microlectura parcial, localizada, de las microlecturas de Claudia. Detener el fluir del texto y posicionarnos en una grieta, en un pliegue, sin la pretensión de alcanzar una visión global.
            Cuando Cristina Peri Rossi publica, en el año 1971, el libro de poemas Evohé, el campo literario rioplatense no estaba muy atento a las cuestiones de género. En Evohé y otros libros posteriores, encontramos a una mujer que canta su amor por otra mujer. En la construcción de la mujer amada como objeto del deseo, la escritora utiliza, a su manera, códigos pertenecientes al discurso amoroso tradicional. Peri Rossi, escribiendo desde la otredad, constituye un desafío permanente a los intentos que podamos hacer por clasificarla. En sus libros, los límites entre categorías se enturbian y se confunden. Elude una clasificación fácil, no resulta posible encasillarla y lo que parece más productivo en su caso es una mirada desde la teoría “queer”. Sin olvidar la tensión subyacente a la propia frase “teoría queer”, como señala Claudia en trabajos anteriores. Una suerte de oxímoron cuyos dos términos parecen apuntar en direcciones diferentes, ya que mientras el término teoría induce a buscar paradigmas, el término queer tiende a eludirlos.
Como ya dije antes, no es el propósito de este libro responder preguntas o zanjar cuestiones. Por el contrario, una de las estrategias utilizadas consiste en el uso frecuente de la interrogación.  Se interpela a los autores, a los textos y también, de alguna manera, a los lectores. De este capítulo en particular, lo que a mí me queda son preguntas. Elijo algunas de ellas: ¿Hacia dónde conduce la salida del closet? ¿Hacia otro closet? ¿Hacia otros estantes del mismo closet? ¿Hacia otros estantes de otro closet? ¿Acaso se ha salido del clóset para gestar otro o para desplazar su función hacia otra región? En este fluir de interrogantes que nunca cesan, Cristina Peri Rossi se perfila como una eterna extranjera, una eterna exiliada. 
En un libro más reciente, del 2012, Habitaciones privadas, se explora la inclusión del silencio en la escritura. El silencio como estrategia de invisibilización de la otredad. Y se analizan las posibilidades que tiene la crítica literaria de ejercer una acción de sabotaje, de exponer las estrategias de naturalización presentes en ciertas obras. La autora se interroga y nos interroga acerca de si determinadas prácticas de discriminación se han superado o sólo se han desplazado, saliendo de los discursos oficiales pero permaneciendo en conductas sociales internalizadas por los sujetos.
            Con Marguerite Yourcenar la lupa se detiene en otra práctica escritural, tendiendo un puente desde el Río de la Plata al compararla con textos de la poeta uruguaya Nancy Bacelo. Se trataría en estos casos de autoras mujeres que al hablar asumen un yo masculino, un yo virilizante, que hablan desde posiciones de autoridad y poder y cuyos relatos se apropian de códigos pertenecientes a la tradición literaria hegemónica. Un emperador romano que habla a través de una mujer, una mujer que habla a través del emperador. Un estilo aseverativo, contundente, sentencioso.
También tienen su lugar las traducciones que hizo Yourcenar de poetas griegos. En un eje temporal que comienza en la poesía de Safo para llegar hasta textos de la escritora argentina Sylvia Molloy, recorremos la tradición literaria del amor entre mujeres.
Claudia vuelve a apelar aquí a una mirada queer, que le permite recorrer textos canónicos sin caer en sistemas de recepción ya cristalizados.
            Marcel Proust, últimos fragmentos de El tiempo recobrado. La lectura de Claudia se detiene en las reflexiones del autor sobre el monstruo, los “seres monstruosos”. A partir de estas palabras, Claudia trabaja en torno a lo excluido, lo no visible, lo monstruoso que yace solapadamente dentro de la norma, “lo siniestro freudiano escondido en el significado”. Nos recuerda, como en un espejo, la mirada furtiva del narrador proustiano, que en volúmenes anteriores, en su juventud, observaba a escondidas, como desde el ojo de una cerradura, escenas ocultas, prohibidas, excluidas por las convenciones sociales de su época. Desplazándose desde lo invisible, la mirada poética en el tiempo recobrado observa lo que está naturalizado, y lo experimenta como nuevo y extraño.
            En un viaje por el tiempo, llegamos en el último capítulo a una película reciente sobre Isabel Primera de Inglaterra. Encontramos la transcripción de un diálogo entre la reina y Walter Raleigh. Navegante, aventurero, explorador, pirata para algunos, que también transitó, nos informa Claudia, por la escritura.
Después de haber reflexionado sobre el tiempo en el capítulo dedicado a Proust, en esta escena la mirada se aproxima al lugar, el topos. Partiendo de la utopía de Tomás Moro, se nos conduce por diversos planos históricos y líneas de pensamiento, en párrafos de gran densidad crítica y teórica, para llegar a las nociones de heterotopía, eutopía y distopía y preguntarse, finalmente, si es posible una lesbotopía, una patria lésbica. Si la salida del closet a la tierra prometida puede concretarse y qué consecuencias conlleva. Cuando la reina, anclada en su trono, dialoga con el explorador, le pregunta ¿Somos nosotros los que descubrimos ese nuevo mundo o él nos descubre a nosotros?
Si Peri Rossi se define, se siente siempre extranjera, también lo hace Marguerite Yourcenar. Extranjeras y peregrinas explorando un mundo que también las redescubre a ellas.
La escritura de Claudia Pérez no se define en la linealidad, no transita caminos rectos, sino que se abre y se despliega generando incertidumbres. Nos lleva en diversas direcciones y nos deja en el umbral de posibles respuestas.
También es una práctica crítica que elude las generalizaciones para enfocarse en temas puntuales. Que plantea dudas e inquietudes y que se sostiene en las tensiones.
  

Nota: Texto leído en la presentación del libro, realizada en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.

martes, 25 de diciembre de 2018

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LA MAÑANA SIGUIENTE

        Siempre estamos ahí, en cualquier lugar del mundo, apretados en una cama demasiado chica para dos personas. Mi cabeza apoyada en el hueco de tu axila. Se sienten los ruidos de la calle y el tic tac de un reloj. Tal vez hay manchas de humedad en el cielorraso de esa habitación que no recuerdo. Imágenes de la noche anterior siguen flotando en la madrugada. Un partido de truco que se cierra con una contraflor al resto, un vaso con grapa apoyado sobre una carpeta, el olor del tabaco negro, un leve temblor en mis cuerdas vocales, el revoque irregular de una pared, tu barba de unos días rozando la piel de mi cuello.

                                 

Hogar dulce hogar





Tetrodotoxina. Parálisis y muerte en menos de seis horas. Cianuro, ingerido o inhalado. Ataques, paro cardíaco y muerte en unos minutos. Mercurio, inhalado. Su vapor ataca el cerebro, terminando con el sistema nervioso central y los pulmones. Estricnina, ingerida o inhalada. Pesticida que sin ser especialmente venenoso provoca una muerte espantosa haciendo que todos los músculos sufran fuertes espasmos hasta que la víctima muere por agotamiento. Amatoxina, ingerida. Presente en ciertas setas, destruye los riñones y el hígado en cuestión de días. Compuesto 1080, ingerido o inhalado. Otro pesticida sin olor, sin sabor, soluble al agua, que bloquea el metabolismo celular provocando una muerte rápida pero dolorosa.
Tita bosteza y decide descansar unos minutos. Después de trabajar toda la tarde, bien puede tomarse un té. Mientras se dirige a la cocina, hace una breve recapitulación de sus planes. Ya ha elegido el lugar, las circunstancias, el veneno e incluso la víctima. Sólo le falta encontrar un motivo para cometer el crimen.
Seleccionar el veneno adecuado le llevó varias horas de búsqueda en internet, pero el resultado vale la pena. Inodoro, insípido, incoloro y carente de antídoto, el cloracetato de flúor se perfila como la solución ideal.
Satisfecha, agrega seis cucharaditas de azúcar a la taza de porcelana francesa donde se enfría su té de malva.
Es cierto que aún hay otras opciones a valorar entre los venenos más letales del mundo. Por ejemplo, la toxina botulímica. Al ingerirla, el sistema nervioso falla por completo y la persona muere entre dolores terribles. Curiosamente, señala Tita en una nota al margen, esa toxina se usa en tratamientos de estética bajo el nombre de bótox.

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                   -…el lunes de tarde, mientras esperaba que Adelita me pasara a buscar para ir a la reunión del círculo…
                   -¿azúcar?
                   -… en lo de Lala, a las ocho y cuarto, cada quince días.
                   -…la encontré un poco distraída, como si no me escuchara bien…
                   -… y este invierno que no se termina nunca…
                   Un hogar de ancianos autogestionado y sin fines de lucro. Tita, Coca y Chichita son las orgullosas fundadoras de lo que consideran una experiencia revolucionaria. Renovadora. Original, al menos.
                   - …licor de carqueja ¿una copita?
                   -…la consola de mármol, aquella que la abuela tenía en la entrada, siempre con un ramo de magnolias…
                   -…bizcochitos de anís, comé tranquila que no engordan…
                   Chichita aportó la casa, Tita la idea y Coca los límites. Su plan es compartir los gastos y las tareas, integrando hasta un total de doce o quince personas. Si se organizan bien, pueden alcanzar un nivel de vida confortable, ahorrarse el costo de un residencial privado y hacerse compañía entre ellos.
                   -…si al menos se hubiera casado…
                   - ... y lo peor es la humedad.
                   -…aquel muchacho tan bueno, sobrino de las Vecchio, que la cortejaba cuando Martita cumplió los quince. Pero las de Acuario son así, caprichosas…
                   - …cuando enterramos a Rosita ¿se acuerdan?
                   En estos momentos hay otras cuatro personas participando del proyecto, cumpliendo un período de prueba de seis meses.
       - …los títulos del panteón quedaron en lo de Pepe, estoy segura.

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                   A la entrada, unos escalones de mármol conducen al zaguán. Una puerta cancel con vidrio esmerilado da al primer patio interior. Piso estilo damero y claraboya.
                   Varias señoras están instaladas en cómodos sillones, tomando el té y conversando animadamente, todas a la vez.
                   - Y entonces sentí como un vértigo...
                   - Camelias. O caléndulas, en todo caso. Bromelias no, nunca.
                   -Un vértigo horizontal, no sé si me explico...
                   -Y no sé para qué voy, si yo ni siquiera soy alcohólica. Unas copitas durante la cena, nada más. Es una costumbre de familia.
                   -¿Bromelias?
                   Martina saluda y las señoras vuelven la mirada hacia ella para sonreírle y darle la bienvenida, sin dejar de hablar entre sí.
                   - Para los vértigos, jarabe de amapolas.
                   -Una resonancia magnética, le dije. Eso es lo que yo necesito.
                   -Jarabe de jazmín, en todo caso. O de guayabas.
                   -Pero los médicos de ahora son así, no te hacen caso. Ni siquiera te escuchan.
                   - Camelias. Bromelias nunca.
                   Guiada por Coca, Martina recorre un pasillo que conduce a un segundo patio, más pequeño, donde funciona el comedor diario. A un costado está la cocina y hacia atrás el fondo. Martina recuerda la casa de sus abuelos.
                   - Sin sal. Y tibio.
                   - Culpa de la nutricionista.
                   -Una ensalada hubiera sido más adecuada.
                   - Con una pizca de sal ¿no te parece?
                   - Y rúcula.
                   Como el destino de la casa no es convertirse en un museo, sus dueñas han introducido los cambios necesarios para añadirle confort y funcionalidad. Un arquitecto retirado las ayudó a reformular los espacios, mejorando la ventilación y la iluminación. Los techos altos permitieron la construcción de entrepisos que agregan metros cuadrados a la propiedad. La cocina se amplió con la antecocina, un pequeño comedor y parte del fondo. El aljibe fue convertido en un elemento decorativo, con reminiscencias coloniales. La antes árida azotea se transformó en un espacio verde.
                   Con este proyecto, Tita, Coca y Chichita han resuelto algunos temas de orden práctico, como la vivienda y la soledad. También se han convertido en pequeñas empresarias, el sueño de toda su vida. Aunque lo de ser empresarias sin fines de lucro no le cierra del todo a Coca. El asunto tiene sus inconvenientes, por otra parte. A cada paso surgen gastos imprevistos que las obligan a echar mano a sus ahorros, como cuando se rompió uno de los caños que atraviesan el jardín. Perdieron cantidades abrumadoras de agua durante meses antes de encontrar la pérdida y repararla.
                   - Lo pagan mis yernos, que me adoran.
                   - Y cuando me levanté, me sentía más cansada que antes de acostarme...
                   - Una resonancia magnética, le dije.
                   - Bromelias. Son bromelias.
                   Las reparaciones, el amoblamiento, los impuestos, todo insume dinero. Y el retorno es lento, con cuentagotas. Para conseguir un préstamo bancario deberían hipotecar la propiedad, lo que les provoca pesadillas. Prefieren recolectar dinero entre sus familiares y amigos y después devolverlo lo antes posible. Sin pagar más interés que un regalito y muchas sonrisas.
                   - Me adoran, no te exagero.
                   - Yo con el alcohol no tengo ningún problema...
                   - Camelias.
                   - Y un poquito de ron no le hace mal a nadie.
                   Otro tema en cuestión es la democracia interna, de la que todos hablan pero pocos practican. El arquitecto Bonelli, por ejemplo, está sinceramente convencido de que su voto vale por dos. Por ser hombre y arquitecto al mismo tiempo. Coca afirma que la opinión de Chichita es irrelevante y Tita, aunque no suele confesarlo en público, se considera a sí misma superior a todos los demás.
                   - Siempre tengo alguna botellita guardada, por las dudas.
                   - ¿Bromelias?
                   - En el ropero, entre las toallas del baño, en el armario de la barbacoa.
                   En las reuniones todos hablan a la vez y nadie escucha a nadie. Cuando no hay acuerdo, las potestades resolutivas recaen en el contador de la empresa. Es sobrino y heredero de Chichita, o sea de la casa, de modo que todos confían en él. No ciegamente, pero confían.

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Ricina, ingerida o inhalada. Muerte por fallo respiratorio. Sarín, inhalado. Originalmente diseñado como pesticida, basta con respirar un poquito para caer en coma y morir.
Veinte y veinticinco, hora de bajar a cenar. Tita apaga su computadora y ordena las carpetas sobre el escritorio. Antes de salir se envuelve en un chal para protegerse de las corrientes de aire que atraviesan el comedor. Se pone un gorrito haciendo juego, empuña un bastón de ébano que no necesita en absoluto y se dirige hacia la escalera.
Va absorta pensando en el ántrax, que apropiadamente inhalado hace que el sistema respiratorio colapse en pocos minutos.

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-  Y los títulos del panteón ¿quién los tiene?
- Bizcochitos de anís, comé tranquila que no engordan...
-...cuando enterramos a Rosita ¿se acuerdan?
-  Y sin gluten.
- ¿A Rosita?
- ...el panteón de los Martínez, en el Cementerio Central...
- A las ocho y cuarto, todos los martes. A veces en lo de Lala, a veces en lo de Cuca.
- ...primos políticos de los Mastropiero...
-... es mejor no decirle nada y que se vaya muriendo así, de a poquito, sin darse cuenta...
- ¿Te parece?
-... porque las de Aries somos así, generosas...
- Lo peor es la humedad...
- Cien por ciento ecológico.
- ... los Mastropiero de Sauce Viejo no, yo te estoy hablando de los Mastropiero de Illescas...
- Y autosustentable.
              - En el cementerio del Buceo, a las once.

…….......................

La felicidad ajena entristece a Coca. Más que entristecerla la amarga, la envenena y la deprime. Para peor, su bondad natural le impide tomar medidas concretas que atenúen su sufrimiento. Coca es incapaz, por ejemplo, de destratar a la empleada o de hablar mal de sus amigas. Por lo tanto, se resigna a padecer calladamente las alegrías de los demás, relegando sus sentimientos de legítima revancha al plano de las fantasías.
Para equilibrar este exceso de sensibilidad, a Coca la desgracia ajena no la afecta en lo más mínimo.
……...............

    -Adela Mastropiero se casó con uno de los Priore y Adela Priore con uno de los Mastropiero.
- Hoy es martes ¿no?
- A veces las confundían.
- En el panteón de los Martínez.
- Con unas copitas duermo toda la noche tranquilamente...
- Cuando enterramos a Rosita ¿se acuerdan?
-¿Y yo qué voy a hacer en el panteón de los Mastropiero? Si apenas somos primos políticos.
- Oigo lo más bien.     
- Es que en el nuestro ya no cabe más gente...        
- ¿Y Rosita dónde está?
- Primos de tu tía Coca.
- Con unas gotitas de vinagre.
- Cuando quiero, oigo perfectamente.
- Tía abuela, cierto.
- O de limón.

….......................................

                   Cada mañana, Chichita pasa la aspiradora por todos los rincones de su dormitorio, en un vano intento de detener el avance de los ácaros sobre su vida. Cuando termina, dedica unos minutos a tender la cama y ordenar sus cosas.
                   Todo en su cuarto es muy apropiado. Las cortinas drapeadas, las molduras de yeso del cielorraso, los almohadones de terciopelo, la araña de caireles de cristal. Fotografías de sobrinos y sobrinos nietos, una colección de recuerdos traídos de sus viajes y algunos libros de tapas muy bonitas.
                   A veces se instala en su mecedora estilo vienés, junto a la ventana que da al jardín. Desde allí puede ver al arquitecto Bonelli trabajando en sus rosales.
                   El jardín es muy grande y está dividido en áreas. Rincones de sombra para leer y descansar, senderos enlosados, una fuente contra un muro lindero, una quinta. Entre el follaje puede distinguirse alguna plantita de cannabis.
                   A Chichita le gustaría agregar un rincón con diversas variedades de orquídeas. Aparte de eso, la preservación del ecosistema no figura entre sus prioridades. Mucho menos el contacto con la tierra, los gusanos y las lombrices.

……...................
                  
                   
                   - ¿Y nosotros qué estamos haciendo en este velorio?
                  - Una copita cada tanto, nada más...
                   - La novela de las nueve no me la pierdo por nada.     
                   - En el Cementerio Central, a las cuatro de la tarde.
                   - Hoy es viernes ¿no?
                   - Yo al panteón de los Mastropiero no voy. Prefiero que me incineren.
                   - Era tan buena...
                   - Un tesoro.
                   - ¿Martes?
                   - Igualita a Grace Kelly.
                   - La novela de las nueve no me la pierdo por nada.
                   - ¿Y justo ahora tenés que ir al baño?
                  
………..
                  
                   La liberación femenina ha sido un gran error histórico, decreta Tita, sirviéndose una generosa porción de strudel. El strudel de mburucuyá, especialidad de Chichita, genera el clima ideal para conversar sobre cualquiera de sus temas favoritos, ocupación que resulta bastante grata si no se padece de la malsana costumbre de pretender que las actividades tengan alguna utilidad.
                   - Licor de carqueja ¿una copita?
                   Tras haber sido una pionera en la lucha por las reivindicaciones de su sexo, generando varios escándalos sociales en el Montevideo de los años cincuenta y provocando algún que otro infarto en su propia familia, Tita tiene ahora una opinión más bien cauta acerca de los supuestos avances logrados por las feministas, a quienes cariñosamente califica de ingenuas. Coca asiente mientras Chichita suspira. Tal vez alguna de ellas añore, sin confesarlo, aquel orden patriarcal tan alegremente abandonado.
                   - ... con harina integral, comé tranquila que no engorda...
                   En su opinión, el feminismo había agregado nuevas responsabilidades sobre los hombros de las mujeres sin liberarlas de las cargas tradicionales.
                   - Totalmente magra.
                   Además de atender sus obligaciones ancestrales, insiste Tita, ellas ahora deben trabajar a la par de los hombres. En contrapartida, han obtenido el dudoso privilegio de dirigir empresas, dedicarse a la política y hacer deportes. En algunos países, señala Coca, incluso han conquistado el derecho de ir a la guerra.
                   - ¿Canela?
                   Queda por ver si la emancipación sexual, lograda gracias a la entusiasta colaboración del género masculino, es realmente un avance. Las píldoras anticonceptivas les impiden apelar a una cómoda abstinencia para el control de la natalidad y las jaquecas a la hora de acostarse ya no son bien vistas.
                   - Cien por ciento orgánica...      
                   Cómo eludir el sexo conyugal es otro de sus temas favoritos. Tita, que ha enterrado a dos maridos y a varios amantes, se considera con más derecho a opinar sobre la vida matrimonial que Chichita, que sólo ha enviudado una vez. Incluso tiene el proyecto de escribir en su blog una especie de manual breve y conciso sobre las mejores respuestas para darle a un cónyuge insistente.
                   - Tres cucharaditas...
                   Para empresarias o profesionales, el estrés es una buena excusa. Para damas ociosas, Tita aconseja el herpes vaginal, medida efectiva pero en exceso drástica en opinión de Chichita, que se inclina por soluciones más negociadas, como establecer días fijos con antelación y marcar límites a la duración del asunto.
                  
......

                   -... y entonces me subió la presión...
             -...un aroma frutado, como a ciruela...
            - A diecisiete.
            -López. Se llamaba López.
-Gracias a que yo les avisé...
-Claudio López. Un amor.
-Y sentí como un escalofrío...
-¿En la rodilla? ¿En serio?
-Sí, en serio. Un tatuaje con forma de tarántula.
- Y así fue que pasamos del corsé a la anorexia.
-No sé para qué tanto apuro, si al final siempre llegamos tarde.
-Me mintió, ¿te das cuenta?
-Y justo se me voló el paraguas.
- Y de la frigidez al orgasmo múltiple.
-Mis vecinos me adoran.
-Con piscina climatizada...
-Me adoran, en serio.
- Y yo por las dudas me traje la platería...
- Un imperativo tras otro.
            - Es para sacarle brillo, le dije, después te la devuelvo...
            - Y una textura sedosa, propia del Malbec...
            - Porque al fin y al cabo era de la abuela ¿no?

...


                                                            II


 

Tras revisar exhaustivamente las cuentas, Tita anuncia que tal vez, tal vez, puedan llegar a fin de mes con un módico superávit. Aun así, debían respetar el presupuesto y recortar los gastos innecesarios. El Hogar Primor tenía ahorros, pero Tita era renuente a utilizarlos. Soluciones fáciles, como aumentar la cuota, no siempre podían aplicarse.

No todos los residentes se interesaban en los números. Muchos ni siquiera sabían distinguir un gasto de una inversión. Pero tras haber sobrevivido a varias catástrofes financieras, nacionales e importadas, su primera reacción frente a una crisis era esconder las tarjetas de crédito.

            Por otra parte, incluso quienes eran partidarios de ejercer un control casi neurótico sobre los gastos, reconocían que cada tanto había que darse un gusto. A esa altura de la vida, una dosis de autoindulgencia no iba a matar a nadie.

            Al comenzar el proyecto habían cometido errores que los acercaron a la quiebra, pero a fuerza de análisis y autocrítica fueron corrigiendo los más graves. A la hora del balance anual, lo importante era que el promedio de sus aciertos fuera un poco mayor que el promedio de sus errores.

    Para lograr este objetivo, la estrategia de Tita se basaba en la desconfianza. Anotaba todos los movimientos de dinero, previstos o imprevistos, en una libreta. Y con esa libreta controlaba escrupulosamente los estados de cuenta que cada mes les enviaba el estudio contable. No en vano provenía de una familia cuya tradición principal era robarse los unos a los otros.

            Aún quedaban cuotas pendientes de la última impermeabilización de la azotea. Cuando terminaran de pagarlas, podían tomarse un respiro de unos meses antes de encarar el reciclaje de los baños, o la pintura de la barbacoa. Cualquier manual explicaba que había que evaluar los recursos para después planificar las siguientes inversiones. Y sobre todo, repetía Tita cada vez que tenía oportunidad, plantearse metas realistas.

             

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-Hoy es jueves -afirma Coca con una seguridad envidiable.

Sentadas en torno al lecho de muerte de Alfonsina, sus amigas conversan animadamente sobre los temas del momento. Cómo hacer frente a los gastos del entierro, a quién le corresponde pagar el impuesto a la herencia, cuál es la madera más adecuada para un féretro o la mejor sala para realizar el velorio.

- Si en lugar de creerle al médico me hubieran hecho caso a mí...

- De madera noble, maciza. Línea Premium.

-¿La tía Paca? Hasta los noventa y seis. Creo que se llamaba Francisca, por San Francisco de Asís o de Sales, pero siempre le dijimos Paca.

-Y con herrajes de bronce.

-Paquita, le decía el abuelo. Nunca se casó. No era muy linda que digamos... Además, fumaba…

- Si tenemos en cuenta la relación precio – calidad, ésta es la mejor opción.

- Unos cigarros enormes, de chala. Y en los últimos años, después de morir la China, le dio por tomar grapa, o caña, o lo que fuera.

-Deberíamos elegir un ataúd ecológico. Es lo que a ella le gustaría.

Sumida en un sueño profundo y dulce, inducido por la medicación, Alfonsina espera. Los residentes del Hogar se turnan para acompañarla y siempre hay alguien sosteniendo su mano. El arquitecto Bonelli le lleva flores frescas todos los días. En la cabecera de su cama, apenas visible, cuelga un rosario de nácar que incomoda a Coca.

- ¿Una copita? Licor de carqueja, es bueno para el hígado.

 

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            El arquitecto Bonelli trabaja todas las mañanas en la quinta del Hogar. La producción de alimentos orgánicos no es para él una actividad con fines comerciales, pero si logra cumplir el modesto objetivo de abastecer el consumo interno, el Hogar tendrá un importante ahorro económico, ya que los altibajos en los precios de los vegetales son permanentes. Cuando no son las sequías son las inundaciones, las heladas o el granizo.

            El mantenimiento de la quinta requiere un trabajo físico intenso. Y aunque los demás residentes aplauden todas sus propuestas, lo cierto es que sólo él está dispuesto a encargarse de limpiar el suelo de malezas, combatir yuyos, plagas y parásitos, remover la tierra para que se oxigene y regar todos los días. Estas actividades al aire libre le causan dolor de espalda y ampollas en las manos, pero también le permiten dormir mejor por las noches. Las agendas encuadernadas en cuero donde antes anotaba sus obligaciones diarias han quedado atrás. En su nueva profesión de horticultor biológico tienen más importancia las fases lunares, el sol, la lluvia o el granizo que las variaciones en la cotización del hierro. 

            Se inclina con cuidado para inspeccionar unas hojas y después se reincorpora, satisfecho. Las verduras parecen estar creciendo conforme a lo planificado. Dentro de unos días podrá sorprender a Chichita con una gran canasta de zanahorias.

           

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- ...que no se les ocurra despertarme a las tres de la madrugada para avisarme...

-Nos armó un problema y después nos vendió la solución. El electricista que nos recomendó la sobrina de Pocha.

-¿Otra copita?

- A ver si se le da por morirse justo en Carnaval, como la abuela Isabel...

-Pocha, la suegra de Martita.

-Vos sabés que siempre fuimos como hermanas...

- ¿Un escribano? ¿Para qué?

-Y yo justo estaba en Punta del Este ¿podés creer?

- Una enfermera toda la noche ¿alguien tiene idea de lo que cuesta eso?

- No es mala voluntad, es que los hospitales me deprimen…

 

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            Durante una larga charla que Martina y Miranda no olvidarán fácilmente, Coca las pone al tanto de sus estrategias para combatir el estreñimiento. También les explica cómo limpiar correctamente un inodoro y les habla de las ventajas de comer los huevos pasados por agua en lugar de fritos.

            Las dos primas -que también son socias en una empresa de importación de griferías- están buscando un hogar de ancianos para instalar a su tía Gregoria.

            El lugar, una gran casa antigua con jardín, parece confortable. Disponen de habitaciones compartidas o individuales, con o sin baño privado. La cocina y la jardinería están a cargo de los residentes, pero la participación es opcional, de acuerdo a los gustos y capacidades de cada uno. El precio parece razonable. Gregoria no es rica, ni mucho menos, pero tiene un ingreso regular y lo que falta lo completan entre sus sobrinos. No todos colaboran, pero sí los suficientes.

            Después de recorrer las instalaciones, Martina y Miranda conversan un rato con algunas integrantes del proyecto. Les ofrecen té de jazmín y panqueques de manzana.

-... aquel cuadro, el que estaba justo en la entrada...

- ¿Canela?

-No es para quedarme con nada, es sólo para saber...

-Le ofrecí llevarla al médico y me dijo no, gracias...

-... y entonces me subió la presión...

-Eran una gran familia. Su único defecto era que no existían.

- Las violetas combinan con hojas de eucaliptos...

- A diecisiete.

- Las lilas también, claro.

-Quiero decir, que no eran reales.

El único punto débil de todo este paquete es Gregoria. Martina y Miranda temen que sea difícil hacerla ingresar a un grupo tan selecto, pero el esfuerzo vale la pena. Si lo consiguen, estarán tranquilas por unos meses. Y cuando el Hogar Primor les quiera devolver a su querida tía abuela, ellas pondrán todo tipo de excusas para retardar el desenlace.

Pero entrar no es fácil. Necesitan la aprobación de todos los integrantes. Martina y Miranda están dispuestas a pagar una sobrecuota para que sea admitida, pero no están seguras de anunciarlo con antelación. Resultaría sospechoso.

- Prima segunda por el lado de tu abuela… Célebre por su torpeza social. Era incapaz de pasar una semana sin hacer un papelón.

-Para eliminar los yuyos, lo mejor sería asfaltar el jardín.

- ¿Te parece?

-Mi padre no era alcohólico…

-En la calle Olivos. Cerca de un terreno baldío donde ahora hay una plaza de deportes.

-Unas copitas por la noche, después de cenar…

-Cuatro generaciones. Hasta que por fin nació un varón.

-Una costumbre inofensiva…

- Un llavero con forma de llavero. ¿Es mucho pedir?

-¿Y el gato sabrá que está vivo y muerto al mismo tiempo?

-No me estás entendiendo...

-El alcohol nunca fue un problema en mi familia…

-¿A quién le importa el gato?

-A mí me importa,

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            Con cuidado, Moreira se incorpora en la cama y pone los pies en el suelo. Permanece sentada unos segundos, para estabilizarse en la nueva posición. Después calza las pantuflas, se levanta y se dirige al baño dando pasos cortos y lentos. Se lava la cara con agua fría, como ha hecho siempre. El espejo le devuelve una imagen que no reconoce del todo. Una mujer de cabellos grises que se parece vagamente a su abuela.

            Sale del baño y empieza a dar vueltas por la habitación. Después de madrugar durante más de cuarenta años para cumplir con las agendas de otras personas, ahora tiene que enviarle órdenes a su cuerpo para que no se acelere. Ya no hay apuro. La empresa cerró y ella dejó de trabajar. No hay horarios que respetar, ni fechas límites, ni compromisos bancarios, ni entrevistas con el contador, ni asambleas de accionistas.

            Son las nueve menos cuarto y tiene todo el día por delante.

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-En el Hospital Italiano, mañana a las ocho.

-Mi marido no era alcohólico… Algún vaso de whisky cada tanto, en reuniones de negocios…

- Más a la derecha. Ahora un poquito más abajo...

-Lo del accidente fue un descuido, una distracción que no duró más de un segundo. Por suerte no hubo heridos.

-No la puedo dejar sola y no encuentro a nadie que...

-Ahí, justo ahí... Con un clavito alcanza…

-¿Yo? Jamás. Ni una copita. 

-Como mínimo tres horas, entre que le encuentran una vena que no esté esclerosada, le pasan la medicación lentamente, para que la vía no colapse. Después tengo que llevarla hasta su casa…

-Un taladro me parece una exageración…

-Ahí se hace cargo una vecina, una profesora retirada que era amiga de la madre…

-¿Y tanto les gusta este cuadro? No digo que no, sólo que es un poco, cómo decirlo… ¿y si colgamos un espejo?

…………

 

Su primer amor fue un capitán de quince años. Lo siguieron Tabaré, un joven charrúa de ojos celestes, y Hamlet. Después de ellos, los recuerdos se desordenan un poco. Reconoce haber pasado parte de su madurez buscando a Zenón, un alquimista del siglo XVI condenado a morir en la hoguera.

            En los intervalos, hubo hombres de carne y hueso.

            Rosario, que está disfrutando del amanecer de su vejez, aprovecha esa fría tarde de invierno para continuar catalogando, con esmerada caligrafía gótica, la modesta biblioteca del Hogar.

En una mecedora junto a la ventana está Moreira, recién levantada de la siesta y dispuesta a tomarse un té de yuyos. Isidoro, que había llegado al Hogar tratando de emanciparse de sus hijos, parece decidido a encender un fuego en la chimenea. Tras armar un colchón de ramitas y hojas secas, comienza a colocar los troncos en forma de pirámide, comenzando por los más gruesos.

Algunos residentes tratan de limitar las horas dedicadas a la televisión o a internet. Para eso se reúnen en la biblioteca, donde juegan a las cartas, leen o comentan los avisos fúnebres del día. Otros cultivan la paciencia escuchando las opiniones de Coca sobre diversos temas.

-¡Contraflor al resto!

-La que sabe es la hermana. La que es abogada no, la otra, la que vive en México y está casada con un arquitecto.

-Con barajas españolas. No es difícil, pero sólo pueden jugar los que quieren hacerlo.

-¿Para el estreñimiento? Un par de cucharadas de pulpa de durazno mezclada con miel. En ayunas.

- Todo. Tuvimos que vender todo. Los camiones, la maquinaria, la cartera de clientes.

-¡Retruco!

-Una parentela muy poco recomendable.

-Hasta el local.

- Vinagre de manzana. Una cucharadita en medio vaso de agua, para mejorar la digestión.

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-El norte puede estar hacia adelante o hacia atrás. Depende.

-No te creas, a veces queda al costado. ¿Otra copita?

Licor de menta, vodka, vino blanco, ginebra, ron. Botellas de diversos tamaños, formas y colores, varios modelos de copas, aflautadas y elegantes o chatas y panzonas, y vasos cortos de base ancha o altos y delgados. La degustación semanal de cócteles está en su mejor momento. Tiene lugar en una salita del primer piso, para evitar escaleras a la hora de trasladarse a los dormitorios.

-El día que despierte y no me duela nada, voy a sospechar que fallecí durante la noche.

- Una rodajita de limón para darle un toque cítrico.

-Las articulaciones, la cadera, las rodillas. A veces el cuello, también.

-El secreto está en respetar las proporciones.

-Y cada vez que me doy vuelta en la cama, me crujen todos los huesos.

-¿Almíbar?

En un tazón, varios tipos de hierbas. Ramitas de romero, hojas de menta, albahaca. Un botellón con té helado y una fuente con frutas. Centros de mesa hechos con vegetales de estación.

-Porque te casaste y te fuiste a vivir al siglo XIX. Por eso.

-¿No te parece que estás exagerando?

-Y dos aceitunas.

Con un vaso de whisky en la mano, Don Juan se entretiene contando historias, probablemente ciertas, sobre su participación en un torneo internacional de ajedrez, hace ya muchos años.

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La única forma de evitar las penurias y miserias de la vejez es morirse joven, les explicaba Gregoria a sus sobrinas cada vez que éstas se atrevían a visitarla.

Martina y Miranda son pequeñas empresarias. Importan griferías desde Brasil y las venden a unos pocos distribuidores, quedándose con un margen razonable. No ganan mucho pero al menos recobran el dinero invertido y se guardan algo, después de pagar los gastos y casi todos los impuestos.

-Si me muevo, me duele…

No tienen un jefe al que rendirle cuentas, sino que funcionan insertas dentro de una compleja red de vínculos que incluye a los clientes, a los clientes de sus clientes, a los proveedores, los funcionarios de aduana, los fleteros, el contador, el gerente del banco y otros.

-Y si no me muevo, también me duele…

Su contribución al producto bruto interno es más bien modesta, y la mayor parte del tiempo se les va en resolver problemas que no deberían haberse presentado.

-Catorce pastillas diarias. Todas de distintos colores.

 

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La mejor sala de la ciudad. El velorio de Alfonsina era un éxito. Sin disimular su satisfacción, Chichita reinaba entre los presentes. Atendía a los recién llegados, consolaba a los deudos, inspeccionaba el servicio de té y café y amonestaba cariñosamente a cualquiera que elevara apenas el tono de voz. Sólo se admitían susurros.

-¿Martes? ¿Estás segura?

- Una copita cada tanto. No hay por qué dramatizar...

-¿Todavía no se murió? Si yo la vi hace unos meses y estaba en las últimas.

-Y cuando comenzó la decadencia, seguimos gastando como en los buenos tiempos. Fue un declive lento, que se prolongó durante décadas.

- El vino tiene muchas propiedades. Es bueno para el cáncer, la diabetes, el colesterol. No lo digo yo, está en Internet.

- Primero dejamos de ganar, después pasamos a consumir el capital y los ahorros, y por último comenzaron los préstamos.

-…y cuando la vi le dije, pero che qué bien que estás…

-Saldos en rojo, sobregiros, deudas.

-…y qué otra cosa le iba a decir, si al final es mejor morirse de un infarto…

Diversos ramos de flores se amontonaban en torno al féretro. Lirios, rosas, claveles.

- Las cartas las quemamos. Por si acaso... Ofelia y yo, en el fogón de la cocina.

- Yo al panteón de los Mastropiero no voy. Prefiero que me incineren.

- Y nunca le contamos nada a nadie.

- ¿Y Rosita? ¿Dónde está Rosita?

-Las quemamos, sí… Una por una, en el fogón de la cocina.

- Y cuando no tengo ganas de levantarme, me levanto sin ganas...

- En la calle Olivos. Pero la casa ya no existe, la demolieron para construir un galpón. Ahora hay una empresa de transportes, creo.


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                   El vencimiento de un vale bancario esa misma tarde ocupa toda la capacidad mental de Diego. Sentado en una silla tan incómoda como elegante, el joven director de una vieja empresa familiar medita, sopesando las diversas posibilidades que tiene a su alcance. Renovar el vale o no. Achicarlo. Pagar una parte de los intereses. Pedir una prórroga. Cancelar el préstamo pidiendo dinero a otro banco. Asaltar el banco. Firmar sin pensarlo más. No firmar. Liquidar la empresa y buscarse un empleo. Liquidar la empresa y fugarse a algún paraíso fiscal en el Caribe.

                   -Y lo peor es la humedad…

                   El comentario de su abuela interrumpe sus pensamientos. Como todos los lunes, está cumpliendo con su visita semanal al Hogar Primor. Hace ya dos años que su querida abuela Fifa tuvo la peregrina idea de abandonar un confortable apartamento en uno de los barrios más seguros de la ciudad para irse a vivir con gente que apenas conocía, un grupo de seniors aburridos en busca de un proyecto que los motivara.

                   -Siete pastillas por la mañana y nueve por la tarde. Todos los días.

                   Diego ha heredado el patrimonio suficiente como para vivir sin apremios, de modo que no necesita salir a ganarse el pan de cada día. Su actividad en la empresa es más bien una cuestión de tradición y costumbre. Cerca de cincuenta familias dependen de su funcionamiento y alguien tiene que estampar su firma en las actas de directorio. Y en los cheques, en los vales, en los contratos, en las declaraciones juradas, en los formularios fiscales, etcétera, etcétera. El asunto no carece de beneficios, pero en estos momentos, mientras asiente distraídamente a los comentarios de su abuela sobre el nuevo instructor de yoga, Diego está pensando en los costos. Las noches de insomnio antes de cerrar un negocio importante, los ocasionales ataques de pánico, las vacaciones arruinadas por un mensaje en el celular, el miedo constante a una estafa, a la quiebra de un deudor importante o a los altibajos bruscos en la cotización del dólar o en el precio del hierro.

                   -Y lo peor es la humedad…

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Uno de los mellizos había vuelto, pero el otro seguía perdido. Para la mayoría de los residentes, lo que hicieran estos jóvenes jardineros no tenía ninguna importancia, sólo era un tema de conversación durante la cena. La única persona que decidió hacer algo, aparte de opinar sobre el asunto, fue Coca. Ese martes, después de la siesta, se puso la gabardina, tomó la cartera y el paraguas, y salió a buscar al hermano que faltaba. Sin esperanzas de encontrarlo, pero dispuesta a hacer el intento. Prefería agregar otro fracaso a su vida antes que quedarse encerrada tomando el té.

          No era el afecto, emoción incomprensible para Coca, lo que motivaba sus actos, sino el aburrimiento. En realidad, detestaba a los dos chicos por igual y ni siquiera trataba de distinguirlos. Pero su único recurso contra el tedio era la actividad.

          Los mellizos fungían en el Hogar como ayudantes de jardinería, aunque sólo les interesaba cultivar plantas de cannabis. Recibían alojamiento y comida y cobraban un sueldo meramente simbólico. Las preocupaciones y dolores de cabeza que provocaban con sus conductas erráticas hacían que algunos residentes pudieran dar un propósito a sus vidas. Era difícil no sentirse útil frente a jóvenes tan desorientados.