Siempre estamos ahí, en cualquier lugar del mundo, apretados en una cama demasiado chica para dos personas. Mi cabeza apoyada en el hueco de tu axila. Se sienten los ruidos de la calle y el tic tac de un reloj. Tal vez hay manchas de humedad en el cielorraso de esa habitación que no recuerdo. Imágenes de la noche anterior siguen flotando en la madrugada. Un partido de truco que se cierra con una contraflor al resto, un vaso con grapa apoyado sobre una carpeta, el olor del tabaco negro, un leve temblor en mis cuerdas vocales, el revoque irregular de una pared, tu barba de unos días rozando la piel de mi cuello.
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